Decir lo que no se quiere oír

Cada día nos hacemos más conscientes de la actualidad imperecedera de las reflexiones que desarrolló George Orwell, hace casi siete décadas, en la célebre novela 1984 (1949). Su análisis lúcido y despiadado de los abusos del poder – perpetuados principalmente a través de la tecnología, la propaganda, la manipulación del lenguaje y el control social de la esfera afectiva – sigue ofreciéndonos claves esenciales para la interpretación de algunos rasgos distintivos de la época contemporánea.

George Orwell, 1984.

George Orwell, 1984.

Sabemos que la intención principal del autor británico era la de ofrecer al lector de su novela un antídoto contra la tiranía presente y futura y especialmente contra los efectos distópicos de una especie de esquizofrenia de estado (hoy diríamos del mainstream o del pensamiento único global) que, a través de su doctrina, impone lo absurdo como verdad. La guerra es la paz, La libertad es la esclavitud, La ignorancia es la fuerza son los eslóganes del partido único que rige el régimen totalitario descrito en 1984. Gracias a la dictadura de la neolengua y a la disciplina mental del doblepiensa, los miembros del partido son capaces de creer dos verdades contradictorias a la vez. Asimismo – y como si fuera poco – todos los días los funcionarios del Ministerio de la Verdad se encargan de reescribir la historia, perpetrando la amnesia colectiva que convierte las mentiras oficiales más descaradas en hechos incontrovertibles (¿cuántas “verdades” contradictorias aprendemos y divulgamos cotidianamente, hoy en día, a la velocidad de la luz, a través de los medios de comunicación social?).

Como nos enseña Orwell, la repetición de le mentira; la manipulación del lenguaje; la ausencia de la memoria; la negación de la diferencia; la reducción de la complejidad del mundo a teorías deterministas inopinables (cuando no a meros lemas ideológicos); el control de las conductas afectivas a través de mecanismos psicológicos de seducción o de imposición de castigos morales (además de físicos) son algunos de los elementos sobre los que se sustenta el totalitarismo. Elementos que, inevitablemente, tarde o temprano, llevan a una compresión de la autonomía del juicio crítico y por ende a una coerción de la libertad individual.

George Orwell, Animal farm.

Allí donde surgen el conformismo del lenguaje; la disciplina del pensamiento y la sujeción psicológica (bien por causa del miedo o bien por mero oportunismo) la libertad individual se encuentra amenazada seriamente. A este propósito, conviene volver a Orwell, quien, en la introducción de otra de sus obras más famosas, La rebelión de la granja (1943), escribió: «Si algo significa la libertad es el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír». Estaría bien tatuarse esta frase sobre la piel de un brazo, para renovar, todos los día, en nuestra conciencia (y en la de los que vayamos encontrando en nuestro camino) este formidable mensaje de resistencia humanista, puesto que la capacidad de formular un juicio de valor autónomo sobre la realidad y la posibilidad de expresarlo sin peligro son el cimiento de la libertad.

En la época actual, en la que la penetración cada vez más profunda de las tecnologías de comunicación (y especialmente de las redes sociales) ha puesto en boga, dentro de los discursos dominantes, un énfasis generalizado sobre el concepto de participación, a través de palabras que aluden a una sociabilidad absoluta e ilimitada – como “conexión”, “contacto”, “emoción”, “experiencia”, “compartición”, “tiempo real” o “horizontalidad” entre otras – las relaciones de poder se hacen más borrosas que nunca. La distinción entre dominado y dominante resulta ser más lábil y difuminada que hace tan sólo pocos años y a menudo se tiende a dar por desaparecida. Sin embargo, se está delineando un nuevo tipo de relación de poder generalmente ocultada detrás de una representación hegemónica del mundo digital como entorno “feliz”. Las distopías orwellianas mueven sus alas sobre nuestras cabezas (o tal vez sería mejor decir “en nuestras pantallas”) con una coherencia abrumadora.

Dichos movimientos de alas han sido muy bien interceptados por el artista madrileño Javier Chozas en su ensayo El tiempo digital. Narciso Narcotizado (2014). Este texto constituye una herramienta intelectual muy útil para comprender nuestros tiempos confusos y convulsos y para inscribir dentro de un marco teórico de referencia el sentido de la obra de artistas contemporáneos (como él mismo) que trabajan en torno al valor potencialmente distópico y a las contradicciones de la cultura digital. Escribe Chozas: «Lo que en 1984 era una fantasía, hoy no lo es ni mucho menos. Vivimos conectados a dispositivos que emiten y reciben incansablemente información sobre nuestra actividad, que nos ubican, mediante los que nos comunicamos y definimos ante el mundo. Sin embargo, lo que en 1984 formaba parte de un aparado de control impositivo, hoy es una necesidad básica del individuo. Hoy ya nadie nos vigila, porque nos vigilamos nosotros mismos, no es necesario implementar complejos mecanismos de control, ya que el control emana del individuo, que intercambia voluntariamente privacidad por comunicación» (p. 19).

Javier Chozas, “El tiempo digital. Narciso Narcotizado”, 2014.

Javier Chozas, “El tiempo digital. Narciso Narcotizado”, 2014.

Por su parte, Juan Martín Prada, uno de los estudiosos más atentos a las prácticas artísticas digitales y a las distopías contemporáneas, en otro texto fundamental (Prácticas artísticas e Internet en la época de las redes sociales, 2012) recuerda los análisis sobre el biopoder de Michel Focault y su explícita referencia al Panóptico (1791) de Jeremy Bentham. Como muchos recordarán, el Panóptico es un edificio en el que el vigilante controla a todos los presos desde una posición central, invisible a los demás. De esta manera, los vigilados interiorizan la mirada del vigilante hasta el punto de vigilarse a sí mismos. En su libro, Prada pone en relación el utilizo masivo de las redes sociales con el mecanismo de control propuesto por el filósofo inglés en su utópico proyecto de reforma penitenciaria y utiliza el concepto de «panóptico participativo». Escribe Prada: «Salta a la vista que el llamado «panóptico participativo» en el que los usuarios mismos de las redes hacen uso de las herramientas de producción de «trasparencia» tiene formas muy diferentes de acontecer. Desde luego, la conversión de los millones de usuarios en pequeños Big Brothers se da de forma inevitable. Una «captura participativa», una «vigilancia desde abajo» (sousveillance o inverse sourveillance), es decir, por parte de quienes son usualmente objeto de vigilancia » (p.49).

Juan Martín Prada, Prácticas artísticas e Internet en la época de las redes sociales, 2012, Akal. Portada.

Juan Martín Prada, Prácticas artísticas e Internet en la época de las redes sociales, 2012, Akal. Portada. 

Al hilo de las reflexiones que hemos venido haciendo hasta aquí, sobre el lenguaje como vehículo del poder y sobre los peligros ínsitos en la posición ambivalente, casi esquizofrénica, de vigilante y vigilado que todos tenemos hoy en día, resulta evidente cómo para el artista – sujeto libre por excelencia – el tener una conciencia clara de la especificidad y de la autonomía de su propio lenguaje creativo, constituye en la actualidad no sólo una opción, sino casi (diría yo) una obligación funcional. So pena la falta de credibilidad de su discurso poético. Lo que marca la diferencia entre un discurso artístico creíble y un mero aplauso a “lo que ya existe”, de hecho, es precisamente la autenticidad de dicho discurso, es decir su capacidad para ofrecer al otro una oportunidad relevante y original para dilatar sus nociones y sus emociones. Dicho de otra manera, sólo a través de un acto creativo intelectualmente autónomo y honesto puede el artista conseguir proyectar el horizonte mental y emocional del destinatario de su discurso un paso más allá de las representaciones preconstituidas y convencionales de la realidad; abriéndole las puertas de un imaginario diferente y proponiéndole puntos de vistas insólitos sobre el mismo mundo en le que todos vivimos.

En este sentido, la intervención del artista en la realidad, a través de su peculiar lenguaje creativo, constituye hoy en día una tarea esencial: proponer una visión que vaya más allá de la visión del mundo propuesta por la «Metafisica Influente» (Metafísica Influyente), por utilizar una definición de Umberto Eco (Come viaggiare con un salmone, 2016). Es decir: superar aquella representación del mundo (aquel paradigma) que prevalece en un dato momento histórico y que sirve para dar cuenta de lo que hay en dicho momento. Puesto que, en la época contemporánea, el arte se configura cada vez más como un lugar en el que “desvelar” libremente. Esto es, un lugar en el que se hace necesario decir, no lo que uno debe decir en base a las convenciones, sino lo que uno siente e interpreta libremente. Al fin y al cabo, el mayor desafío del artista actual consiste precisamente en actuar como un ser humano libre, consciente de su propia libertad. Y en decirle a los demás también lo que estos (normalmente) no quieren oír.

Referencias:

− BENTHAM, Jeremy: Panóptico, Círculo de Bellas Artes, Madrid, 2011.

− CHOZAS, Javier: El tiempo digital. Narciso narcotizado, Editorial Diseño, Buenos Aires, 2014.

− ECO, Umberto: Come viaggiare con un salmone, La nave di Teseo, Milán, 2016.

− ORWELL, George: Rebelión en la granja, DeBolsillo, 2014.

− ORWELL, George: 1984, DeBolsillo, 2015.

− PRADA, Juan Martín: Prácticas artísticas e Internet en la época de las redes sociales, Akal, 2012.

− PRADA, Juan Martín: ¿Capitalismo afectivo?, EXIT Book, núm.15, Verano de 2011.

− RUSSELL, Bertrand: The Scientific Outlook, Allen & Unwin Ltd., London, 1931.

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