Puños de pianista – Por Miguel Calzada

Vuelve la magnífica pluma de nuestro colaborador Miguel Calzada, quien nos propone esta vez “Puños de pianista” (2015), un cuento inédito escrito ad hoc para la sección “Letras que suenan” de este blog. Esta vez Miguel nos habla de jazz, boxeo y cosas que no tienen arreglo…

Buena lectura y gracias a tod@s, una vez más, por seguirnos.

DISCO: «MILES» (1955)

de THE NEW MILES DAVIS QUINTET

Miles Davis, trompeta

John Coltrane, saxo tenor

Red Garland, piano

Paul Chambers, contrabajo

Philly Joe Jones, batería

CANCIONES:

1. Just Squeeze Me

2. There is no greater love

3. How Am I To Know?

4. S”posin

5. The Theme

6. Stablemates

 

PUÑOS DE PIANISTA – Por Miguel Calzada

 

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Si le decían que tenía manos de pianista, era solo para insultarle.

«Los dedos finos se parten pronto», le decían.

Y tenían razón.

Se le rompió un nudillo que nunca más volvió a soldarse. Sí, nunca más. Tomad nota los que dais por sentado que todas las cosas se arreglan solas. La verdad es que hay cosas que no tienen arreglo. El boxeo era una de ellas.

Su profesor de piano creía que boxear consistía en darse de hostias. Sus compañeros del gimnasio creían que tocar el piano era algo tan delicado como coleccionar figuritas de cristal y que no se te rompa ninguna.

No tenían razón.

Boxear era algo tan delicado como mantener el equilibrio sobre las vías del tren. Y seguir caminando cuando se acerca el tren. Y no moverse cuando viene el tren. Y que el tren te pase por encima y tú no te caigas.

Tocar el piano, en cambio, consistía en darse de hostias contra las teclas.

No se podía hacer las dos cosas al mismo tiempo, no exageremos, pero se podía boxear por las mañanas y tocar el piano por las tardes. Eso es lo que hacía Red Garland.

El boxeo lo dejó cuando perdió contra Sugar Ray Robinson, pero el piano lo tocó hasta que los dedos se le quedaron tan fríos como tiesos.

Perder contra Sugar Ray Robinson es lo más parecido a que te regatee Maradona o a que Jean Paul Sartre se cague en tu madre desde el editorial de un periódico maoísta. Para que te pase, tienes que haber llegado allí. Un aficionado no pierde contra Sugar Ray Robinson porque no se le permite subirse al ring con él.

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Sugar Ray no le dió de hostias. No. Lo que hizo fue mantener el equilibrio ante sus ojos durante un puñado de segundos, lo que tardó la sangre en brotar de su nariz. Entonces, y no antes, le dió de hostias hasta que cayó sobre la lona.

Perder contra Sugar Ray Robinson es como grabar un disco con Miles Davis y John Coltrane. Da igual cómo toques el piano, porque ese par de negros te arrollarán con sus vientos. Si Maradona decía «no hay negro que no destiña» era solo para insultar a Pelé.

Así que Maradona es un hijo de perra y el divo Miles saca el aire de sus adentros y lo inyecta en una trompeta que te amansa como las drogas prohibidas. Suena humilde y sensible y compasivo… y muchas otras cosas que Davis jamás fue.

Coltrane toca exuberante y sofisticado (como si no fuese un paleto supersticioso), Philly Joe Jones masajea la batería sin darle una sola hostia (como si no fuese un adicto a la bronca) y Paul Chambers mantiene el equilibrio sobre las gruesas cuerdas del contrabajo (como si fuese difícil hacerlo).

El carácter de cada uno no importa. Lo que comparten son las circunstancias. Y las circunstancias son las que imponen las preocupaciones. Las circunstancias son las que encierran en la misma habitación a cinco negros que tienen hambre de heroína.

Las circunstancias hablan de falta de dólares y falta de vitaminas. No tienen mucho en común, pero a todos les preocupan sus dientes.

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Las teclas blancas ceden bajo el peso de los dedos de Garland. Las notas llegan como dientes sueltos que rebotan contra una mesa de cristal. Un collar de perlas que se parte y hace rodar el nácar sobre las baldosas sucias de la cocina. Un xilófono de posguerra. La bomba atómica escuchada desde el interior de un tarro de canicas.

Son el nuevo quinteto de Miles Davis, pero la historia les recordará como el primer gran quinteto de Miles Davis.

La verdad es que hubo un quinteto original, dos años y medio antes, con Horace Silver al piano. Sí, Horace Silver, palabras mayores, algo así como el Gica Hagi del jazz o el Néstor Majnó del jazz. Pero a la historia le importa poco Hagi (aunque fuese el Maradona de los Cárpatos) y no le importa nada Majnó (aunque fuese el Mao Tse Tung del Mar Negro).

Se habían juntado en verano, aunque durante algunas semanas del saxo se ocupó el yonqui Sonny Rollins (el Claudio Caniggia de todo este tinglado), que fue pronto reemplazado por Coltrane, un paleto supersticioso nacido en un villorrio llamado Hamlet. Boxear o tocar el piano, esa es la cuestión.

Con esta alineación memorable -Miles, Trane, Chambers, Jones y nuestro Garland- duraron tres años y grabaron discos históricos como «’Round about midnight» o este «The New Miles Davis Quintet» que la historia, lacónica por definición, recordó como «Miles» a secas.

Juntar a cinco de los mejores músicos del siglo XX para bautizar el disco con el nombre de pila de uno de ellos. Hay cosas que no tienen arreglo.

Lo grabaron en un lugar acostumbrado a los aquelarres del compás y la síncope: Hackensack, New Jersey, con Rudy Van Gelder a los mandos.

Boxear era tocar el piano cuando se acercaba aquel saxo chutado de orgullo. Y seguir palpando las teclas. Y no moverse cuando viene el tren. Y que John Coltrane te pase por encima y tú no te caigas.

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El presunto protagonista era el pellejo Davis, el señor Miles, el hijo del dentista, el que firmaba los contratos. Miraba a Garland de reojo y en las pausas le hacía preguntas sobre boxeo. Fundamentalmente sobre el jab, que no es otra cosa que «mantener al oponente alejado con un toque de dolor, desgastarlo gradualmente y dejarlo listo para golpes más fuertes».

A Miles le parecía increíble que aquel pianista de carrillos hinchados hubiese peleado contra Sugar Ray Robinson. Le envidiaba por ello y le interrogaba dulcemente en las pausas, intentando debilitar su coartada. Con la trompeta hacía exactamente lo mismo. Garland le respondía pulsando las teclas negras.

Miles no puede creerse aquella historia y tiene la mejor técnica para argumentar que no puede ser, que es fruto de una imaginación que se pasa de largo o de una información que se queda corta. Pero Garland le contesta con nostalgia, lacónico por definición, sin intentar convencerle de nada.

Ese mismo año Sugar Ray había vuelto al ring después de tres años en los que se había dedicado a bailar. Sí, a cantar y a bailar como un improbable Fred Astaire negro. No tuvo éxito y empezó a perder dinero y a cuidarse poco. Circunstancias, dólares, vitaminas.

Bailar consistía en dar hostias contra el suelo y a Sugar Ray lo que se le daba bien eran labores delicadas como noquear a Bobo Olson en el cuarto asalto, tal y como hizo cuando el disco del quinteto llegó a las tiendas.

Mientras grababan estaba empezando la guerra de Vietnam y era cuestión de días que Rosa Parks se negase a sentarse en la última fila del bus urbano.

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Uno de los primeros recuerdos de infancia de Miles era el siguiente: tres figuras que se persiguen. Él es el primero, un canijo aterrorizado. Le persigue un blanco que le llama «negrata», pero lo hace solo para insultarle. Y cierra la procesión el padre de Miles, con una escopeta en las manos. El padre de Miles tenía manos de dentista.

Negociar entre cinco es imposible por más que uno domine al resto. Es como intentar reunificar Corea, sentando a la mesa a las dos Coreas, China, Rusia, y los Estados Unidos. Cuando parece haber consenso, aparece un sexto (ya sea Japón o Rudy Van Gelder, el técnico de sonido).

Pese a la geopolítica, el quinteto llegó a una serie de acuerdos que consistieron en decisiones tomadas por Miles y aceptadas por el resto más por pasotismo que por respeto.

El señor Davis abriría los dos temas originales («The Theme» y «Stablemates»), pero se mantendría en un engañoso segundo plano en los cuatro temas clásicos («Just Squeeze Me», «There Is No Greater Love», «How Am I To Know?» y «S”posin»).

El señor Davis decidiría cuándo se descansaba.

El señor Davis fingiría no estar impresionado por el bajo de Paul Chambers, que ya había dejado con la boca abierta a todos los beatniks del Village.

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Garland tocaba con las manos muy juntas, esposadas, y Coltrane soplaba como si su saxo fuese de vidrio líquido. Pero eran Chambers y Jones los que subían el listón de la motivación. Parecían tener ganas de llegar rápido a algún sitio. Miles sonreía y firmaba con satisfacción todos esos compases, como un notario sentimental que disfruta con su trabajo.

Todos ellos llevaron vidas perras de negros pobres, aunque Miles vivió lo suficiente para hacerse rico y acomodarse como el gato gordo de una solterona. Los excesos del quinteto fueron pálidamente imitados por los niñatos del rock and roll.

Ni todos los Rolling Stones juntos pudieron aproximarse a una sola noche de John Coltrane. Ningún Jim Morrison desfasado le llegaba a las suelas de los zapatos a un martes convencional de Philly Joe Jones. Y puestos a buscar mártires, ahí está Paul Chambers: se murió de tuberculosis a los 33 años, meses antes de que el hombre pisase la Luna.

Fue cuestión de tiempo que Miles expulsase del grupo a Garland. Había discrepancias musicales, ideológicas, culturales y de carácter, pero no te engañes: todo eso no importa. Lo preocupante son las circunstancias. Y el pellejo Davis nunca aceptó las circunstancias de Garland. No era posible que hubiese peleado contra Sugar Ray Robinson. No podía ser.

Garland formó su propia banda y estuvo a punto de ser tan grande como Davis, igual de señor, igual de protagonista y con los mismos contratos. Pudo ser. Pero el expreso de los años sesenta arrolló todo lo que no era vanguardia. Hubo un eclipse de jazz y no quedó hueco para pianistas cuarentones con alma de blues.

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Cuando murió su madre, William «Red» Garland dejó de tocar y se fue a Texas a vivir con su padre. En la misma época, Sugar Ray Robinson colgó los guantes para siempre. Le dieron un premio a toda su carrera, pero en su apartamento no había ningún mueble sobre el que ponerlo. Los dos estaban arruinados, económica y espiritualmente.

El epílogo es cuestión de gustos. Robinson sobrevivió como vieja gloria diabética, con apariciones como actor invitado en la serie de Misión Imposible. Aunque era dos años más viejo, aguantó en el mundo un lustro más que Garland.

Era 1984 y Maradona llegaba a Nápoles para noquear al establishment en siete asaltos. El pianista palpaba su nudillo roto. Contemplaba las teclas, una dentadura con caries intercaladas.

Recordó la sonrisa de Miles y entonces desvió la mirada hacia sus dedos durante un puñado de segundos, los que tardó la sangre en llegar al cerebro. Era un ataque al corazón. Antes de morirse, pensó para sus adentros: «Tengo manos de boxeador».

Se derrumbó como un sparring amateur y besó la lona imaginaria sobre la que es conveniente instalar cualquier piano. No volvió a levantarse. Hay cosas que no tienen arreglo.

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