Miradas nocturnas en el museo – por José Luis Calderón

Reseña de la exposición “Nocturnos”, la última entrega de “Miradas Cruzadas” en el Museo Thyssen-Bornemisza. Palacio de Villahermosa. Paseo del Prado 8, Madrid. Hasta el 25 de mayo de 2014.

El Museo Thyssen-Bornemisza inauguró la semana pasada la exposición “Nocturnos” comisariada por el director artístico del museo, Guillermo Solana, e incluida en el programa “Miradas Cruzadas” que lleva organizando el museo desde hace dos años. El sentido principal de este programa reside en aprovechar los fondos tanto de la colección permanente del museo como de la colección Carmen Thyssen-Bornemisza, para elegir una temática a partir de la cual crear una microexposición que permite al espectador observar tranquilamente unas diez obras maestras en torno a dicha temática, y establecer así nuevas interpretaciones y  relaciones entre ellas.

En este caso, la octava entrega de “Miradas Cruzadas” –de acceso gratuito al visitante- nos acerca al tema de la noche en la pintura, desde el siglo XVII hasta el pasado siglo XX. Cada una de ellas aporta una visión distinta de este tema, pero todas son complementarias entre sí y nos permiten cruzar nuestras miradas para establecer paralelismos. Todas son exteriores; es decir, son paisajes rurales o urbanos, exóticos o cercanos, con el reflejo de la luz nocturna, del atardecer o del alba,  momentos estos últimos cercanos a la noche al fin y al cabo.

“Claro de luna con un camino bordeando un canal” de Van der Neer (1645-1650). © Museo Thyssen-Bornemisza.

“Claro de luna con un camino bordeando un canal” de Van der Neer (1645-1650). © Museo Thyssen-Bornemisza.

Tradicionalmente asociada a lo misterioso, a lo oculto y a lo desconocido en algunas culturas, y a la muerte, a lo peligroso o a lo maligno en otras, la noche fue un trasunto que adquirió especial protagonismo en la literatura y en el arte en el Romanticismo. A finales del siglo XVIII, con el romanticismo inglés y alemán, nace realmente como tema principal de varias composiciones pictóricas o novelescas. Para los románticos la noche era el momento sublime: ambientación marco para escenas amorosas o de peligro, para el terror de la novela gótica (Shelley), para las ruinas de Friedrich o de las tormentas de Turner. A estos meros ejemplos en la pintura y en la literatura, hay que añadir además el nacimiento en la música a finales del siglo XVIII del nocturno como género musical, del que Chopin fue uno de sus máximos representantes; por no hablar también del “claro de luna” (a comienzos del XIX, el de Beethoven; a finales del siglo, el de Debussy).

Los antecedentes a este macro tema sobre “la noche” previos al romanticismo hay que buscarlos sin embargo en el barroco. Época caracterizada entre otros tantos rasgos por la oposición a la luz renacentista anterior a través del tenebrismo, la exposición “Nocturnos” arranca precisamente con un claro de luna de un canal holandés de Van der Neer (1645-1650). Es no solo uno de los mejores paisajes del siglo XVII, sino una obra especialmente moderna; casi tanto como la de otros paisajistas holandeses del momento, como Ruisdael, de los que el museo Thyssen alberga precisamente una gran colección. Y es tan moderna por el tratamiento del paisaje a través de un cielo, protagonista en la obra, que parece adelantarse al prerromanticismo con más de un siglo de antelación. De un siglo después justamente, unas décadas antes del nacimiento del romanticismo, es la siguiente obra: una marina nocturna al sur de Italia de Claude-Joseph Vernet. Fue precisamente Vernet uno de los mejores paisajistas de marinas en la Francia del siglo XVIII, el siglo de la Ilustración, del Neoclasicismo y de la vuelta al orden. Al igual que en otras obras de Vernet –abundantes en el Louvre, pero escasas en España- se encuentra en este otro claro de luna una estupenda mezcla entre las influencias de Claudio de Lorena, las equilibradas composiciones neoclásicas y un cierto prerromanticismo.

Claude-Joseph Vernet, “Noche: escena de la costa mediterránea con pescadores y barcas” 1753. © Museo Thyssen-Bornemisza.

Claude-Joseph Vernet, “Noche: escena de la costa mediterránea con pescadores y barcas” 1753. © Museo Thyssen-Bornemisza.

La “mañana de Pascua” de Friedrich es otra de las obras maestras de la colección del museo y de esta exposición: un pequeño y gran paisaje en el que encontramos la composición típica de Friedrich con el ser humano de espaldas contemplando la grandiosidad de la naturaleza, y su símbología tan característica: el amanecer como símbolo del invierno que se va y de la resurrección. Otro paisaje plenamente romántico, desde una faceta muy diferente, más bien fantástica, es aquí la expulsión del paraíso de Thomas Cole, al igual que John Martin, uno de los grandes paisajistas del romanticismo británico. Fue autor poco conocido en España, en parte por su relativa escasa producción pictórica ya que murió joven, en parte por vivir la mayor parte de su vida en los EEUU, donde contribuyó a difundir el paisaje romántico y donde fundó la escuela de pintores del Río Hudson, escuela esta poco conocida en España hasta que las colecciones Thyssen y Carmen Thyssen-Bornemisza adquieran un buen número de obras de sus representantes más emblemáticos, entre ellos Albert Bierstadt, de quien en este caso también puede contemplarse otro gran paisaje de atardecer.

Thomas Cole, “Expulsión. Luna y luz de fuego. 1828. © Museo Thyssen-Bornemisza.

Thomas Cole, “Expulsión. Luna y luz de fuego. 1828. © Museo Thyssen-Bornemisza.

Uno de los cuatro nocturnos urbanos de esta exposición es una vista de una calle solitaria de Atkinson Grimshaw, pintor de Leeds totalmente desconocido en España que retrató escenas nocturnas tanto de su ciudad como de otras como Glasgow o Londres en las que deja entrever la vida urbana de época victoriana durante la Segunda Revolución Industrial. Son vistas, como la que aquí se expone, que el autor idealiza de alguna forma con una luz y una atmósfera de cierta irrealidad y con una técnica muy particular. Otra de las obras más interesantes es la Fiesta nocturna en Saint-Pol-de-Léon (1894-1898) de Ferdinand du Puigaudeau, otro de los autores menos conocidos de esta selección. Posterior en unas dos generaciones a los impresionistas, postimpresionistas y puntillistas, siguió sin embargo desde pronto la manera de pintar de aquellos de manera autodidacta y coincidió de hecho con Gaguin en Port-Aven, localidad bretona cercana a la cual representó esta fiesta popular, en la que los efectos de la luz nocturna de los farolillos, del tiovivo y de los fuegos artificiales sobre el color de todo lo que vemos alrededor es el tema protagonista.

Ferdinand du Puigaudeau, Fiesta nocturna en Saint-Pol-de-Léon (1894-1898). © Colección Carmen-Thyssen-Bornemisza.

Ferdinand du Puigaudeau, Fiesta nocturna en Saint-Pol-de-Léon (1894-1898). © Colección Carmen-Thyssen-Bornemisza.

Puntos de vista también bastante diferentes presentan las tres obras del siglo XX escogidas para esta ocasión. “Atardecer de otoño” (1924) es probablemente uno de los mejores paisajes en toda la carrera artística de Emil Nolde, y uno de los mejores de las vanguardias alemanas del siglo XX en el museo Thyssen-Bornemisza. El atardecer es el momento de transición entre el día y la noche en el que precisamente podemos encontrar mayores contrastes cromáticos en el cielo, cuestión que aprovechó en obras como esta Nolde para proyectar sus sentimientos a través de la pincelada y el color agresivos; expresión a borbotones, como no podía ser de otro modo en el caso de este emblemático miembro del grupo expresionista “El Puente”. Particular, singular y solitario fue Nolde, pues pronto se distanció de sus compañeros para pintar obras de carácter más simbólico y espiritual, como esta. Y coetánea, una obra absolutamente distinta; la de la única representante femenina de esta exposición, Georgia O´Keeffe, una de las pintoras más singulares, especiales y modernas del arte figurativo estadounidense de entreguerras. En este caso, la escena nocturna que aquí se nos muestra, fue pintada por la pintora al poco de casarse con Alfred Stieglitz, desde un hotel de Nueva York, en una arriesgada perspectiva más bien cinematográfica, cuando apenas estaba instalada en la gran ciudad. Por último, la gran selección de “Nocturnos” no podía terminar sino con uno de los movimientos artísticos más importantes del siglo XX, el surrealismo, con una estación de trenes de Paul Delvaux, obra bien representativa de la última etapa del gran artista belga, junto a Magritte y Dalí, uno de los tres mejores representantes de la vertiente más figurativa del surrealismo. Excepto por la ausencia de mujeres sonámbulas tan emblemáticas durante su trayectoria, se obervan aquí algunos de los rasgos más característicos de este artista, incluida la influencia de los trenes de Giorgio de Chirico y especialmente la presencia del elemento de choque en el espejo de la derecha, metáfora de esa ventana que supone el surrealismo o el psicoanálisis como fuente de conocimiento hacia esa otra realidad oculta: el subconsciente,  accesible a través de los sueños. ¿No son pues los sueños otro de los momentos más significativos de la noche? Icono del peligro o del pecado, o símbolo del amor, de lo desconocido, o de lo onírico, lo cierto es que la noche no ha dejado de estar presente en el arte; y tampoco en nuestras vidas.

Paul Delvaux, El viaducto (1963). © Colección Carmen-Thyssen-Bornemisza.

Paul Delvaux, El viaducto (1963). © Colección Carmen-Thyssen-Bornemisza.

Para más información, os dejamos aquí el ministe de la exposición en la web del Museo Thyssen-Bornemisza: http://www.museothyssen.org/thyssen/exposiciones_actuales/117


 

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