La decadencia de los helados – por Miguel Calzada

Entrevista paradójica con el artista urbano Mr. Trazo, grafitero manchego que de firmar en las tapias de su pueblo ha pasado a exponer en prestigiosas galerías. Nos habla de las fronteras que dividen al arte, de la diferencia entre vender y venderse… y de por qué los helados ya nunca...

Entrevista paradójica con el artista urbano Mr. Trazo, grafitero manchego que de firmar en las tapias de su pueblo ha pasado a exponer en prestigiosas galerías. Nos habla de las fronteras que dividen al arte, de la diferencia entre vender y venderse… y de por qué los helados ya nunca volverán a ser lo que eran. 

 

Mr. Trazo es el nombre de guerra de Mario Rodríguez (Ciudad Real, 1987), uno de los jóvenes artistas españoles con más proyección. Y al hablar de proyección ignoremos el significado que suelen darle las revistas culturales y releamos la definición psicoanalítica: “atribución a otra persona de los defectos que alguien no quiere reconocer en sí mismo”.

De eso va la obra de Mr. Trazo, el grafitero reciclado en artista urbano que suele pintar personas enfrentadas y de rostros distorsionados. Bipolaridades que normalmente explotan y pequeñas sonrisas que muerden.

Podría decirse que llegó a la cita tímido, educado, cercano pese a todo… Pero lo mejor que puede decirse de él es que en sus palabras hay lo mismo que en su obra. Conflicto, crítica y una calma bucólica que te cura las heridas. Lo que no hay son concesiones.

Mr. Trazo, RETRATO. Cortesía: Mr. Trazo, 2013.

Mr. Trazo, RETRATO. Cortesía: Mr. Trazo, 2013.

A Mario le gusta la teoría de los conjuntos. Dibuja círculos en un papel y traza las fronteras entre el grafiti y el arte urbano, entre el arte público y las inevitables decoraciones comerciales. Ha impartido cursos subrayando la idea de que no es lo mismo una cosa que la otra, azuzado por el malestar que se le queda en el cuerpo cuando ve que se llama grafitero a cualquiera que coge un espray.

“La etiqueta de arte urbano, desde que es chic, se usa a la ligera. Te encuentras con que una pieza hecha en un estudio, que en ningún momento ha pisado la calle, es arte urbano. Pero no. En todo caso será pintura contemporánea con técnicas urbanas. Y es que muchos de esos que dicen ser artistas urbanos nunca han pintado en la calle”.

Una paradoja.

Saber si eres o no eres de los nuestros. Esta inquietud forma parte del discurso de Mr. Trazo y también de la teoría de los conjuntos. Bertrand Russell, un genio incómodo, planteó una paradoja para boicotear (y así fortalecer) a la teoría de los conjuntos. Se conoce como el dilema del barbero.

En un país lejano hay tal escasez de peluqueros que el rey prohíbe ir al barbero a todo aquel que sea capaz de afeitarse por sí mismo. Pero ¿quién afeita a los barberos? Ningún otro barbero les aceptará como cliente, ya que son capaces de afeitarse por sí mismos. Y al mismo tiempo no pueden afeitarse por sí mismos, ya que como barberos lo tienen prohibido. El problema se queda sin solución y el barbero deja crecer sus barbas.

Mario luce una barba rala pero sabe perfectamente que los conjuntos no son excluyentes. Él no puede terminar como la paradoja de Russell porque sabe levantarse barbero algunos días y otros días no. Puede afeitarse si es necesario. Los conjuntos se mezclan, se tocan y se entrometen en los asuntos ajenos hasta despertar suspicacias.

“Hay una lucha, un pique, entre grafiteros y artistas urbanos. Son dos mundos. Los artistas urbanos llaman quinquis a los grafiteros, y los grafiteros llaman artistillas a los otros. Está mal visto cuando un grafitero se pasa al arte urbano, o viceversa, pero es algo que ocurre y que yo he hecho”.

Mr. Trazo, TRAICIÓN. Cortesía: Mr. Trazo, 2013.

Mr. Trazo, TRAICIÓN. Cortesía: Mr. Trazo, 2013.

El reflexivo Mario cuenta con el recurso de Mr. Trazo, que es considerablemente más directo al hablar. Por algo es un nombre de guerra y no un nombre artístico. Un alias bajo el que refugiarse al principio, cuando era crío, y con el que desarrollarse después. A estas alturas de la vida son ya dos conjuntos independientes pero incluyentes.

“Las diferencias están claras. El grafiti es solo poner tu nombre. Y me da igual que parezca una obra de arte abstracto, que uses muchos colores… Al final estás poniendo tu firma y lo único que quieres es marcar territorio. El arte urbano tiene más intención estética y además entra en juego un concepto, algo que quieres desarrollar. Lo que tienen en común es que viven en la calle”.

Y al hablar de conjuntos no excluyentes vuelve a asomar la cabeza Mario, siempre preocupado por definir lo que es y lo que no es.

“Es que el arte no puede ser solo ponerse a pintar. Tiene que haber algo detrás. No puede ser: esto vale porque sí. Hay que pensar ¿qué estoy haciendo?”.

Dibuja una galaxia en la que hay gran distancia entre el arte institucional (las fuentes, los monumentos, las mil y un rotondas de una España en la encrucijada…) y el vandalismo urbano. Entre medias flotan el arte urbano y el grafiti.

“El grafiti es por naturaleza vandálico. Puedes hacerlo pasar por tipografía, pero siempre va a tener un tono vandálico. Aunque para poder comer muchos se aproximan al arte decorativo”.

Otra paradoja. Grafiteros antisistema que acaban decorando las rejas de las fruterías.

Urge volver a la calle y saber cómo conoció Mario a Mr. Trazo. Fue en Brazatortas, pueblo manchego de unos mil habitantes. Todo empezó cogiendo un espray y dejándose llevar por el bendito espíritu vandálico que palpita en cualquier adolescente. Lo hacía en soledad y con nocturnidad, tal y como se deben hacer estas cosas.

Mr. Trazo, INGENUA ASTUCIA. Cortesía: Mr. Trazo, 2013.

Mr. Trazo, INGENUA ASTUCIA. Cortesía: Mr. Trazo, 2013.

“La adolescencia es esa época en la que somos sensibles a todo. Absolutamente a todo. Y el fenómeno de las tribus urbanas bebe de ahí. Siempre existirá. Siempre habrá una niña que se tiña el pelo de rojo… y luego lo harán sus amigas… y luego formarán la pandilla. Que si yo soy gótico, que si yo soy jevi… Y a mí me tocó ser rapero”.

Pero las concesiones al estereotipo duran poco. Porque hace tiempo que Mr. Trazo dejó de creer en los mitos iniciáticos.

“El único problema de la adolescencia es no superarla. Mucha gente se queda atascada. Pero la realidad es que para hacer graffiti, o para hacer rap, no hace falta ir disfrazado de nada. Me hace gracia cuando dicen eso de que el hip hop es una cultura con cuatro elementos: el rapero, el DJ, el que hace breakdance y el grafitero. Eso no es una cultura. Eso son cuatro elementos de ocio adolescente. Una cultura es muchísimo más que eso. Lo otro es un producto que se nos ha vendido. Y ahí tienes las tiendas de cultura urbana: da igual que pintes bien o mal, lo que importa es que nos compres estas gorras y estos pantalones anchos. A mí el rap no me va. Siempre he escuchado electrónica de la más rara, de la que a nadie le gusta. Y en España el rap, salvo algunas excepciones, consiste en llevar la vulgaridad al máximo. Y bastante vulgaridad tenemos ya por todos los lados”.

Está aún muy lejos de la crisis de los 30 (no digamos de la de los 40, la de los 50 y todo lo que pueda venir después), pero Mario (y también Mr. Trazo, en esto coinciden) ya está desencantado. Es difícil de explicar. Complicado. Por fortuna, estamos hablando en la terraza de un bar y a nuestra espalda hay un gran cartel publicitario de helados. Por esa pequeña escotilla se cuela la analogía.

“Antes los helados no se veían, no estaban expuestos. Y si los veías eran casi todos blancos. Ahora hay una abundancia de colores. Rosa chillón, amarillos, naranjas… Y el producto se ha descuidado. Un joven ya no se preocupa por el helado que come. Da igual. Elige el rosa potente, sin tener en cuenta el sabor. La gente demanda mal gusto y se lo acaban sirviendo. Antes podías elegir cuatro o cinco sabores. Ahora hay muchísimos, pero al final ninguno vale. Esto es la crisis cultural”.

Pocos días después, Mr. Trazo (¿o habrá sido Mario?) me envía la foto de una obra sobre el color de los helados realizada ad hoc para esta entrevista.

Mr. Trazo, EL COLOR DE LOS HELADOS. Cortesía: Mr. Trazo, 2013.

Mr. Trazo, EL COLOR DE LOS HELADOS. Cortesía: Mr. Trazo, 2013.

Sin darnos cuenta, el mundo ha adquirido los colores de los dibujos animados y sus sabores sobrepasan el absurdo, como el helado con sabor a pitufo que ya se encuentra en algunos sitios y que brilla desde lejos con ese azul al que a falta de otras palabras ya olvidadas (neón, azur, zafiro) llamamos simplemente azul pitufo.

“Ahora ves muchas cosas. Hay revistas digitales muy buenas y solo con abrir mi Facebook empiezo a contemplar calidad y más calidad. Pero es un empacho visual. Me saturo. Hay demasiado. Y si te paras un momento, si te fijas bien, lo más curioso es que los que aparecen siempre son los mismos. Parece que hay una gran variedad, pero no es así”.

Quizás en los extrarradios de muros y descampados haya grafiteros de pelo en pecho que piensen que Mr. Trazo se ha vendido, que es un artistilla. Lo cierto es que empezó de grafitero y, tras ser encasillado como “grafitero rural”, decidió cambiar de conjunto y entrar en el círculo del arte urbano.

“Es que la obra tiene que estar viva. Tiene que evolucionar. No puedes estar todo el rato haciendo lo mismo. Y el gran cambio que ha habido en este mundo, la verdadera novedad, ha sido que se ha abierto el círculo y se ha dado entrada a la gente del arte urbano. Porque aparte de eso, las novedades son técnicas y se centran fundamentalmente en que nos putean. Nos cambian los colores constantemente. Si tú llevas toda la vida con una marca de espray, pasan unos años y te cambian la pintura. Lo hacen para vender más. Le ponen un diseño más bonito, le cambian las válvulas… y por supuesto en cuanto tienen éxito reducen la calidad de la pintura. Con nuestros colores pasa exactamente lo mismo que con los helados”. 

Llega el momento de tocar el punto débil de todo artista, la muela picada: su relación con el sucio dinero.

“Yo no pinto para vender, pero a veces sucede que vendo. Solo con eso no tengo para ganarme la vida. Tengo que hacer otras cosas como diseño de interiores, diseño web, imagen corporativa… Pero esas las hago como Mario. Lo que hago en la calle es lo que me identifica y ahí soy Mr. Trazo”. 

No tiene dudas: por más excusas que quieras buscarte, el dinero es cosa sucia. Así es como deja claro que sigue siendo uno de los nuestros.

“Yo a veces vendo, pero nunca me vendo. Un artista se vende cuando llega a lo que yo llamo el momento del todo-vale. Por una serie de circunstancias, consiguen un reconocimiento bestial. Y entonces hay quien se vende. Pierden el concepto y cualquier cosa que hagan es válido. Siguen haciendo siempre lo mismo, o bien cambian radicalmente, pero son una marca. Se han vendido y les van a comprar hagan lo que hagan. Son un producto y trabajan de manera industrial, sin pensar lo que hacen. Ya no es arte. En todo caso es artesanía. Pero en el fondo son víctimas. No se convierten en eso intencionadamente, sino que dejan de tener intención alguna. Al final, el dinero manda. Si tienes ganancias, ¿para qué malgastar más tiempo en tu obra?”.

Mr. Trazo, LA CAJA. Cortesía: Mr. Trazo, 2013.

Mr. Trazo, LA CAJA. Cortesía: Mr. Trazo, 2013.

Poca edad y bastante éxito, pero no ha sido fácil. ¿Cómo iba a serlo? Hablamos de un tipo que se resiste a abandonar la calle. Exponer en Londres está bien, pero su obra tiene que nacer y vivir en la calle. Y si en algún momento consiguen asimilarle bajo la imagen de grafitero del gueto, él vuelve a darles esquinazo y les dice que vive en Cuenca y que le gusta instalar obras en mitad del campo, en un sembrado seco, debajo de un puente. No es el tipo de helado que la gente elige a primera vista.

“Está claro que el reconocimiento en la calle es una cosa y el circuito artístico otra completamente diferente. Porque la realidad es que las galerías se ayudan entre ellas. Es un circuito cerrado y muchas veces las galerías las abren los propios artistas para así difundir sus obras y las de sus amigos. Para entrar en ese mundo no basta con tener calidad. Además hace falta tener labia y capacidad de vender. Pero si no entras, nadie ve tu obra. Y está muy bien crear por crear, pero hay que vivir. Y sin visibilidad, no hay vida”.  

Llevamos conversando más de una hora y no hemos hablado directamente de su obra. Porque la obra tiene que hablar por sí sola, qué carajo. Sin embargo, hay que mencionar el efecto característico de Mr. Trazo, esas caras deformadas con ojos separados y boquita de piñón.

“Me da algo de miedo repetirme a base de usar ese efecto que en realidad es un defecto. Detrás de eso hay un discurso sobre la deformidad. Una crítica frontal a la belleza estereotipada. Yo creo y defiendo que hay belleza en lo deforme”.   

La belleza del horror contemplado en lugares particularmente bellos, como cuando se fue al campo para colgar de un árbol su obra sobre Armin Meiwes, el caníbal de Rotemburgo. La historia macabra de un hombre que quiere devorar y de otro que quiere ser devorado. Amistosamente se encuentran y el banquete tiene lugar.

Mr. Trazo, CANNIBALS. Cortesía: Mr. Trazo, 2013.

Mr. Trazo, CANNIBALS. Cortesía: Mr. Trazo, 2013.

“Me interesa la bipolaridad como enfrentamiento de personalidades, no de personas. El caníbal de Rotemburgo nos habla de mezcla de personalidades. ¿Qué pasa si una personalidad se come a la otra? ¿Cómo se relacionan ambas en el interior de un solo cuerpo? El resultado de estas interacciones suele ser una puñalada de una polaridad a la otra. El equilibrio es complicado. Pero aunque todo esto suena muy trascendental, al final es muy sencillo. Eso es el arte: una visión humana de la sociedad que resulta sencilla tras su aparente trascendencia”.

Dos personalidades dentro de un solo cuerpo. Mario y Mr. Trazo, ambos dolidos al constatar que algo no funciona.

“Todo se está echando a perder, mira los helados. ¿Es que ya nadie busca la calidad?”.

Mientras tanto, en un país lejano, el barbero se deja crecer la barba porque es incapaz de comprender su propia paradoja.

Mr. Trazo, EL ÉXTASIS. Cortesía: Mr. Trazo, 2013.

Mr. Trazo, EL ÉXTASIS. Cortesía: Mr. Trazo, 2013.


 

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