Lecciones de método

Reseña crítica de libro “La escena sin fin. El arte en la era de su big bang”. Por Carlos Jiménez Moreno.

Título: “La escena sin fin. El arte en la era de su big bang”; Autor: Carlos Jiménez Moreno; Género: Ensayo; Año: 2013 (Febrero); Editorial: Micromegas (Murcia); 150 pp., 10 euro.

 

La escena sin fin, 2013. Cover

 

Jeremy Rifkin lo dijo muy claramente. Todo el mundo es un palco escénico (La Era del Acceso, 2000). Y no se refería tanto a la actividad a la cual, desde hace siempre, el ser humano recurre para imitar la naturaleza y crear mundos simbólicos: escenificar representaciones metafóricas de su vida. Hablaba, de manera mucho menos poética, de como en la actualidad la teatralización de la mayoría de las experiencias de nuestra vida se ha convertido en una refinada y difusa metodología de marketing, hábilmente utilizada para convertir la esfera cultural en una mina inagotable de experiencias de pago.

 En este sentido, la perspectiva dramatúrgica postmoderna – vívida descripción del estado mental que se asocia a la fase más reciente del capitalismo – no sería hoy en día otra cosa que el efecto de un desplazamiento, en acto desde hace ya varias décadas, de la atención por parte de la esfera económica de la venta de bienes y servicios a la venta de representaciones escenificadas (producciones culturales que son, en realidad, mercados con un vasto potencial económico).

Para Rifkin, el ámbito del arte no haría excepción. Es más, sería éste uno de los ámbitos de la producción escenificada en donde la lógica del capitalismo tardío, centrada en la explotación comercial del patrimonio cultural, se manifiesta de la manera más elocuente.

Zygmunt Bauman llega un paso más allá. Y, exasperando el énfasis puesto en la dimensión consumista del arte actual, escribe: «Lo estético se cultiva, se difunde, se consume en un mundo en el que ya no hay obras de arte. El arte se ha evaporado en una especie de ‘éter estético’ que como el éter de los pioneros de la moderna química lo impregna todo pero no se condensa en nada. Bellos son unos pantalones del diseñador de moda, o los cuerpos rehechos en gimnasios y quirófanos según dicte la última moda, o los productos en los estantes de los supermercados. Incluso los cadáveres son bellos: cuidadosamente envueltos en sábanas de plástico y alineados delante de la ambulancia. Todo tiene, o al menos puede tener o debería tener, sus quince minutos, incluso su quincena… camino del contenedor de deshechos.» (Arte, ¿líquido?, 2007).

Tanto la teoría, que podríamos definir del éter estético, de Bauman como la de la perspectiva dramatúrgica postmoderna de Rifkin evidencian una aproximación crítica y bastante apocalíptica sobre el estatuto ontológico del arte contemporáneo. En ambas posturas resuena implícitamente la eco del espíritu trágico (polémico y por ciertos aspectos profético) de Guy Debord. Y especialmente de la parte final de La Sociedad del espectáculo (1967). Aquí, entre otras cosas, Debord escribía: «La cultura íntegramente convertida en mercancía debe convertirse a su vez en mercancía estelar de la sociedad espectacular. Clark Kerr, uno de los más avanzados ideólogos de esta tendencia, ha calculado que el complejo proceso de producción, distribución y consumo de conocimientos acapara ya, anualmente, un 29% del producto nacional de los Estados Unidos; y prevé que, en la segunda mitad del siglo XX, la cultura desempeñará el papel de motor del desarrollo económico que en la primera representó el automóvil y en la segunda mitad del siglo XIX los ferrocarriles.».

No hay duda de que Rifkin y Bauman tienen, en varios aspectos, mucha razón. Por otra parte, el exceso de determinismo socio-estético de sus teorías parece no dejar muchas esperanzas sobre la inevitable disolución – o, si se prefiere adoptar al terminología baumaniana, licuefacción – del arte mismo. La muerte del arte sería, para ambos, una realidad.

El fin del arte ha sido muchas veces anunciado. Aunque, personalmente, creo que nunca llegará. Por lo menos, mientras quede vivo un sólo hombre sobre la faz de la tierra. Mas allá de estas consideraciones, sin embargo, sí es cierto que, empezada ya la segunda década del siglo XXI, el ámbito de la creación artística manifiesta una complejidad y un desbordamiento de intenciones, formas, ambiciones, usos e influencias como nunca se ha visto a lo largo de la historia. Y que deja muchas veces desorientados, aturdidos, escépticos, dudosos. En un contexto tan complejo quedan abiertos espacios inmensos para la reflexión en torno a las manifestaciones más actuales de lo que llamamos hoy en día arte; a sus peculiaridades; a sus razones profundas y a sus características teóricas, formales y poéticas.

Todos somos conscientes de que si hay algo típico en el arte actual es precisamente su naturaleza abigarrada y abierta a la contaminación, a la hibridación, a la transversalidad, a la lógica reticular, convergente, conectiva y orgánica. Expandida, por utilizar la exitosa expresión de Rosalind Krauss (en La Postmodernidad, a cargo de Hal Foster, 1983). Todo ello deja a menudo quién se acerca a la obra de arte, sea público, crítico, institución o incluso el mismo artista, en el medio de una clara dificultad interpretativa, que refleja en buena medida la confusión de la sociedad occidental de consumo, globalizada y post-todo: una sociedad que se halla dramáticamente en búsqueda de nuevas hipótesis de relaciones sociales, de nuevos significados y valores y, por ende, de nuevas formas de representación y expresión.

A este propósito, recomiendo la lectura de La escena sin fin. El arte en la era de su big bang, de Carlos Jiménez Moreno (Cali, 1952). El libro, publicado el pasado mes de febrero por la Editorial Micromegas, consiste en una selección de diez escritos redactados por el autor en la última década. Se trata de una recopilación de artículos, textos de catálogos y conferencias revisados y actualizados específicamente para esta ocasión. En ellos se apunta directamente al corazón de algunas de las cuestiones cruciales del estado actual del arte; penetrando, a través de una mirada interpretativa, en las transformaciones experimentadas por el concepto de arte a lo largo del último siglo. Desde esta perspectiva se abordan críticamente temas como la vocación escenográfica de una gran parte de las prácticas artísticas actuales; la superación constante de los límites de lo que se suele aceptar y definir con la palabra “arte”; la conversión del arte en un asunto mediático con la consiguiente multiplicación de sus escenarios; la actual devaluación de la crítica de arte; la exasperación del valor exhibitorio del arte, como ámbito de culto, visible en la proliferación las mega exposiciones; la conexión del arte con la dimensión del consumo, que vemos materializarse claramente en la tendencia al turismo cultural y un largo etcétera.

La estructuración del libro sigue la lógica del mosaico, es decir de la yuxtaposición de teselas que, en su conjunto, acaban conformando una especie de vademecum metodológico: una guía subjetiva útil para aproximar de manera lúcida acontecimientos y fenómenos propios de una escena artística global que Jiménez define como una “escena sin fin”. En este sentido, podríamos definir los diez capítulos que componen el libro como otras tantas lecciones de método. Esto es: ejemplos concretos de aplicación de un riguroso método analítico que sabe combinar con desenvoltura referencias cultas y populares; virtuosismo literario y documentación. Sin ser, en sentido estricto, un libro de teoría sobre el arte contemporáneo, el volumen logra ofrecer al lector, criterios y categorías interpretativas de algunas de las cuestiones y manifestaciones más significativas del arte actual. Además, destaca por la cantidad y riqueza de referencias acertadas que en cada página el autor trae a colación para el desarrollo de sus eficaces argumentaciones.

El título del libro hace referencia a la conocida teoría astrofísica del Big bang, el fenómeno fundacional del universo, que Jiménez propone como imagen metafórica del origen de la realidad artística actual. Introducida en el primer texto del libro – “El gran teatro de Oklahoma” – la metáfora se refiere al gran estallido experimentado por el mundo del arte a lo largo del Siglo XX. En este sentido, la «revolución permanente» de las prácticas artísticas a la que asistimos en nuestra época no sería otra cosa que una repetición constante de aquel Big bang que destruyó todos los límites que contenían el sistema tradicional del arte y que sigue destruyendo sus fronteras y constricciones.

En general, todos los textos seleccionados para este volumen son de gran interés. Sin embargo, merece la pena mencionar especialmente (además del ya citado “El gran teatro de Oklahoma”) el artículo “La artista y su cuerpo en la encrucijada de los feminismos”, dedicado al análisis de las múltiples líneas de transformación de la postura feminista en el arte contemporáneo a lo largo de un ciclo histórico de casi un siglo de duración, que va desde el contexto de la vida y la obra de Frida Khalo (primer feminismo) a la así llamada “tercera oleada del feminismo metropolitano” representada por el trabajo de Regina José Galindo. Especialmente densos y significativos son también: “La escala de Jacob: El arte, el culto, la exhibición y la romería” y “La casa (im)posible del turista cultural”. En el primer texto Jiménez aborda un excursus sobre las estrategias expositivas de la institución museal. En el segundo, en cambio, reflexiona sobre la figura del turista contemporáneo y especialmente del turista cultural, el cual «no ve un cuadro, una escultura o una obra de arte cualquiera como quien lee un libro: lo que hace es echar un vistazo sobre la marcha y – si se siente atraído o punzado por alguna de ellas -, la fotografía con el propósito de captar una imagen de la misma que puede ser archivada con el fin de verla después. En realidad este turista es una victima del mal de archivo diagnosticado por Jacques Deridda.» (p.59).

Una mención especial merece finalmente la editorial que ha publicado este interesante volumen de Carlos Jiménez Moreno. Dirigida por Javier Castro y Marisol Salanova, Editorial Micromegas es una editorial independiente fundada en 2012 con el objetivo de promover el ensayo en torno a la estética y el arte contemporáneo. Su política editorial trata de aprovechar conscientemente las oportunidades que las nuevas tecnologías ofrecen para contener los costes de producción a fin de ofrecer al mercado un producto de alta calidad pero a un precio asequible para todos.

Considero admirable que, en tiempos tan complicados como son los actuales, personas motivadas a emprender un proyecto empresarial como éste hayan decidido arriesgarse en primera persona. Y más admirable aún resulta este proyecto si pensamos en cómo el sector cultural en general (y el del arte en particular) sea uno de los ámbitos más afectados por los efectos nefastos de una crisis brutal que no es solamente económica, sino también – y quizás en primer lugar – de tipo moral: una regresión que nos está llevando todos, rápida y ciegamente, hacia la barbarie. Siempre hay que celebrar y apoyar iniciativas valientes como ésta, puesto que representan, hoy en día, un enclave de resistencia de la cultura y de la libertad intelectual.


 

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