María Bueno, memoria y esperanza

Crítica de la exposición: ALGO ASÍ COMO UN AJUAR – MARÍA BUENO. Personal de María Bueno. Galería Rafael Pérez Hernando. C/ Orellana 18. Madrid. Hasta el 1 de abril de 2013. Exposición dentro del Festival Miradas de Mujeres 2013.

María Bueno, La doma del dibujo, 2012. Acrílico sobre tela. 167 x 135 cm. Cortesía Galería Rafael Pérez Hernando, Madrid.

 

Esperaba con interés esta nueva exposición de María Bueno (Málaga, 1976) deseando volver a encontrarme directamente con su obra, adentrarme en su poético mundo pictórico y ver finalmente qué historia me contaría esta vez. Y la primera, grata sorpresa ha sido descubrir que, como todo auténtico artista, María Bueno siempre te vuelve a contar la misma historia. Una y otra vez, sin contarte historias. Sino pintándote, sencilla y directamente, su propia historia. La historia de su vida. Esto es, de su manera, única e irrepetible, de estar en el mundo; de su manera de relacionarse con la realidad; de sus raíces, miedos, sueños, anhelos y, cómo no, de sus seres queridos. En suma, de aquellas emociones – a la vez íntimas y universales – que se suelen asociar a las vivencias concretas que se subsiguen a lo largo del flujo irregular de la existencia de cada uno.

María Bueno, Algo así como un ajuar, Vista de la exposición, 2013. Cortesía Galería Rafael Pérez Hernando, Madrid.

 

Conocí a María y a su trabajo en la inauguración de su precedente personal, El día que me murieron (2009), en la misma Galería Rafael Pérez Hernando de Madrid en la que tiene lugar actualmente esta exposición, dentro del Festival Miradas de Mujeres 2013. A raíz de la conversación que tuvimos en aquella ocasión, unos meses después le hice la entrevista en profundidad que publiqué en blog en 2010. Uno de los aspectos de su trabajo del que hablamos entonces, y que mucho me llamó la atención, fue su personal visión del oficio de artista. Un oficio que ella misma definió con estas palabras: «Para mí la misión, función y trabajo del artista está unido a un compromiso consigo/a mismo/a, con los/as demás y con el entorno que le rodea –o contexto en el cual se desarrolla su proyecto artístico-. Con esto quiero decir que, además de tomarme mi trabajo muy en serio, siendo exigente y dando lo máximo, como si en cada proyecto se me fuera la vida, tengo muy presente el grupo al cual va dirigido el mismo, sin olvidar el espacio en el que se desarrolla».

Esta postura autorreflexiva (y en cierto modo crítica) muy poco tiene que ver con el estereotipo del “artista” icónico que es muy fácil encontrar por doquier hoy en día. Es, la suya, una postura éticamente comprometida, según la cual el “hacer arte” se configura, más que como una certeza conseguida (un status), como una tensión constante: una labor in divenire. Digamos, una aspiración.

Y no es por casualidad que el verbo “aspirar” es el que más recurre en el breve statement con el cual la artista (quien, por cierto, dispone de una notable habilidad narrativa y poética también a través de la palabra escrita) introduce el espectador al intenso recorrido visual presentado en esta nueva exposición bajo el título Algo así como un ajuar. De hecho, a conclusión del texto mencionado, la misma María escribe: «Aspiro a tener todos los días de mi vida la libertad y el gozo que la pintura me brinda. Aspiro a ser pintora». Leyendo estas frases no pude evitar de acordarme de otras palabras que, a partir de una postura un tanto más sarcástica y desacralizadora, pronunció una vez Alberto Burri: «¡Pero, qué artista! Yo soy pintor, no hago cabaret».

Algo así como un ajuar está enteramente ideada y realizada a partir del concepto de memoria. Un concepto que se encuentra aquí metafóricamente representado a través de la práctica ancestral del ajuar que se trasmite de generación en generación. Una práctica matrilineal hoy en día bastante desusada (sobre todo en los grandes contextos urbanos) y que funge de hilo conectivo, material y simbólico, entre el pasado, el presente y el futuro. Que encierra en sí, al mismo tiempo, la conciencia del recuerdo y la proyección imaginativa de la esperanza hacia lo ignoto.

María Bueno, Algo así como un ajuar, Vista de la exposición, 2013. Cortesía Galería Rafael Pérez Hernando, Madrid.

Tomando como pretexto narrativo el hecho autobiográfico de una inminente salida para trasladarse al exterior, y el consiguiente deseo de contarle a su hija quién es y de dónde viene, en esta serie de obras María Bueno abre al espectador – dejándolo totalmente fascinado – las puertas de un universo surrealista, introspectivo y catártico en el cual su original e inconfundible lenguaje visual sabe mezclar, con soltura y ligereza, la libertad de las formas y de los colores con la profundidad de la mirada.

En esta ocasión la artista presenta una serie de piezas de diferentes formatos y realizadas con técnicas distintas, que van de sus características pinturas en acrílico sobre lienzo, con o sin bastidor, al collage sobre papel; de la intervención directa sobre tela, pañuelos, bordados, prendas en lino o algodón, al dibujo; a la escultura. En algunos casos el ajuar deja de ser sólo una referencia simbólica (un artificio retórico metafórico) para materializarse concretamente en las obras. Bien en forma de concretos fragmentos de sabanas, manteles, fundas etc. pertenecientes al antiguo ajuar de la madre y de la abuela de la artista, que ella misma utiliza como soporte sobre el que interviene con pigmento. O bien porque en algunas piezas la artista ha llamado a participar directamente algunas de las mujeres de su familia, para coser, bordar o dibujar en determinadas obras de tal manera que en estas últimas quedara marcado un signo tangible de su existencia.

María Bueno, Mi hermana Eva, 2012. Barro sin cocer, papel, acrílico y bolígrafo en urna de cristal, 24,5 x 8,5 x 5 cm. Cortesía Galería Rafael Pérez Hernando, Madrid.


Recomiendo que se miren las piezas con gran detenimiento, puesto que, como suele pasar con las obras de María Bueno, saben esconder – y revelar sólo a un observador atento – pequeños mundos “ulteriores”, representados allí dónde uno no se espera: en los bordes del lienzo en vez de en la superficie, o en aquellos espacios mínimos e “intersticiales” donde no se suele fijar la mirada convencional.

En general son buenas piezas, sin embargo destacaría entre todas especialmente: la pequeña escultura Mi hermana Eva (2012, barro sin cocer, papel, acrílico y bolígrafo en urna de cristal, 24,5 x 8,5 x 5 cm.); el cuadro de grandes dimensiones La doma del dibujo (2012, acrílico sobre tela, 167 x 135 cm.); Reunión familiar (2013, acrílico, bolígrafo y fragmentos de mondadientes sobre tela, 25,6 x 57 cm.) y las dos paredes de la sala central donde se encuentras expuestas, respectivamente, una serie de collage sobre papel de pequeño formato y unas telas intervenidas con cartón y color. Sin duda, una exposición recomendable.


 

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