Quiero salir en la MTV – por Miguel Calzada

Letras que suenan Hola a tod@s, hoy tengo el placer de publicar el nuevo cuento inédito de Miguel Calzada “Quiero salir en la MTV” (2012), escrito ad hoc para la sección “Letras que suenan” de este blog. Esta vez Miguel nos habla de la vida y los sueños de Daniel...

Letras que suenan

Hola a tod@s,

hoy tengo el placer de publicar el nuevo cuento inédito de Miguel Calzada “Quiero salir en la MTV” (2012), escrito ad hoc para la sección “Letras que suenan” de este blog.

Esta vez Miguel nos habla de la vida y los sueños de Daniel Johnston. Y de cómo la música pueda volver literalmente locos… Estoy seguro de que os va a encantar, como siempre.

Buena lectura y gracias a tod@s, una vez más, por estar ahí.

Nicola

 

 

Quiero salir en la MTV – por Miguel Calzada

 

 

“1990” de Daniel Johnston (1990)
  1. Devil Town
  2. Spirit World Rising
  3. Held the Hand
  4. Lord Give Me Hope
  5. Some things last a long time
  6. Tears Stupid Tears
  7. Don’t play cards with Satan
  8. True love will find you in the end
  9. Got to get you into my life
  10. Careless Soul
  11. Funeral Home
  12. Softly and Tenderly

 

“Hola, ¿cómo estás? Me llamo Daniel Johnston, estoy loco y he grabado esta cinta para ti. Algún día saldré en la MTV”.

No le conocías de nada, pero te le encontrabas por las calles, los conciertos y las tiendas de cómics del este de Texas. Y en rincones olvidados de Ohio y Virginia Occidental. En Chester, en Abilene. En Pittsburgh. Y en cualquier otro lugar donde se hubiese perdido toda esperanza.

Volvía a casa, se metía en su cuarto y grababa más cintas. A veces hacía copias de las antiguas. Otras veces cogía la guitarra y empezaba de cero, cantando de nuevo las mismas canciones. De nuevo pero no exactamente igual, variando ligeramente el tempo. Dibujaba una carátula diferente para cada casete: monstruos, superhéroes y personajes como la inocente rana Jeremías. Y cuando había terminado, salía a la calle para regalarlo todo. Él quería ser tan famoso como los Beatles, pero lo que estaba haciendo era construir una obra dispersa que iba a fascinar a los coleccionistas de rarezas.

De niño un médico le había dicho que estar enfermo era síntoma de salud. El doctor se refería a un leve catarro, pero Daniel se lo tomó a pecho y desde entonces necesitó estar mal para sentirse bien. Y cuanto peor estaba, mejor le iba. ¿O no?

Antonin Artaud fue un genio que dijo que la verdadera salud era estar enfermo. Daniel quería ser más famoso que los Beatles y grabó su primera maqueta cuando sufrió su primera crisis nerviosa. “No hay enfermo que no se haya agigantado”, decía Artaud.

Era 1983 y el título del casete no podía ser otro que “Hi, how are you?”. Mi nombre es Daniel Johnston y he grabado esta cinta para ti. Tres años después salió en la MTV.


 

 

La grabación de la MTV es una filmación-tesoro en la que un joven feliz y nervioso da un concierto antes de hacerse añicos. Nunca has visto a nadie tocar tan mal la guitarra. Mantiene el equilibrio sobre el escenario, cantando sobre un sueño y un espejo, ambos rotos, y pisando una línea imaginaria que separa lo que pudo haber sido y lo que realmente fue.

Ya se había hecho un nombre al este de Texas y sus actuaciones congregaban a los que querían ser diferentes. En aquella época no había nada atractivo en ser diferente, que significaba fundamentalmente ser raro, incluso repugnante. No muchos conocían el significado de la etiqueta indie, que todavía no se comercializaba bajo la forma de logos, jingles o marcas de ropa.

Daniel Johnston era un maníaco-depresivo que trabajaba en un McDonald’s y se ponía malo cuando cantaba delante del público. Y cuando se ponía malo, era feliz.

La noche en que retransmitían su gloriosa aparición en la MTV, Daniel tragó su primer ácido y dejó para siempre el mundo de los vivos. Aunque sus letanías sonaban a melancólico pop, aquella noche decidió resucitar en el universo del rock and roll, el de los pactos con el Diablo y el amor adolescente.

Antonin Artaud fue un genio que dijo que la verdadera creación debía ser cruel. Daniel Johnston cogió un palo y le abrió la cabeza a su mánager. Mientras le encerraban en el psiquiátrico no paraba de decir que aquello era rock and roll. Y que esa misma noche había salido en la MTV.

 

 

En este punto de la historia, Daniel podría haberse retirado del mundanal ruido, como Syd Barret en 1974. La mente del legendario guitarrista de Pink Floyd descarriló durante una gira por Estados Unidos. El grupo británico fue a la tele para grabar un playback. Alguien le daba al play y ellos tenían que fingir que tocaban. Pero Syd Barret se quedó colgado de aquella pantomima y lo hizo todo al revés: cuando alguien le daba al play, él se quedaba quieto; cuando pulsaban stop, él fingía que tocaba. No era rebeldía, era pura felicidad.

Syd Barret se retiró a la casa de campo de su familia y sacó un par de discos en solitario en los que perdió los últimos destellos. Los Pink Floyd le suplicaron que volviese a brillar como el diamante loco que podía haber sido, pero él no hizo caso y se pasó 32 años observando el lento movimiento de los astros sobre la cúpula celeste. Murió en 2006. No recordaba quién era.

Daniel no pudo descansar en ninguna casa de campo. Su reducido público quería más casetes, más carátulas con dibujos infantiles de patos astronautas, más canciones a medio hacer, frágiles y escurridizas como una ocurrencia que tienes durante el sueño y después olvidas. Necesitaban que Daniel estuviese mal para poder sentirse bien.

Cuando todos los ojos se posaban en Daniel, la locura brotaba de su interior y alimentaba a los que estaban mirando. Era un delirio nutritivo o un nutriente delirante, algo así como hacer lo que sabes que no tienes que hacer o enamorarte de la mujer equivocada. Rock and roll.

 

 

Se fugó a Nueva York para grabar un disco con la ayuda de Lee Ranaldo y Steve Shelley, el guitarrista y el batería de Sonic Youth, que ese mismo año publicaron su emblemático “Daydream Nation”. Una nación de gente que soñaba despierta había sido seducida por las cintas semiclandestinas de Daniel. Circulaban por la extensa geografía del Medio Oeste americano y en todas ellas una voz de niño desterrado navegaba sobre el inquietante eco de una habitación vacía.

Sus anfitriones neoyorquinos se dieron cuenta de que algo no iba bien. Aquel chico de camiseta sucia y sonrisa angelical no hacía más que hablar del Demonio y de la fama. Se perdía por las calles de la Gran Manzana y aparecía días después riendo como un auténtico psicópata.

En uno de sus escasos momentos de cordura, protegido por la penumbra de un callejón, Daniel les confesó que había hecho un pacto con el Diablo. El trato era el siguiente: el quebradizo cantautor iba a mencionar al Maligno en cada canción y a cambio Satán iba a hacerle más famoso que los Beatles.

No había rastro de licencia literaria en las palabras de Daniel. Hablaba en serio. También cuando decía que era la reencarnación del profeta del Antiguo Testamento, el de las visiones apocalípticas, el que fue arrojado al foso de las fieras y con su voz consiguió que los leones se hiciesen sus amigos. Hi, how are you?

 

 

Comprendieron que estaban tratando con un lunático e intentaron deshacerse de él, pero tardaron semanas en conseguirlo. Daniel aullaba y corría y repetía que Nueva York era la ciudad del Diablo. Cuando finalmente le mandaron a casa de sus padres, Daniel dejaba tras de sí un millar de delirios, unas cuantas agresiones y también un disco.

Iba a titularse “1989”, pero tardó más de un año en llegar a las tiendas y al final se llamó “1990”. El álbum es todo un esfuerzo por encajonar a Daniel en 45 minutos de confusas grabaciones atemporales. Hay canciones hechas en el estudio, retazos de maquetas y también temas en directo.

Una noche Daniel se fue con su guitarra al CBGB, templo fundacional del punk. Subió al escenario y tocó diez minutos antes de colapsar. En “Careless Soul” puedes escucharle llorar. Cuando el público empezaba a sentirse bien, Daniel salió corriendo. Aquella noche durmió en un albergue para mendigos.

Daniel Johnston, una sombra que se escapa, un guitarrista penoso que no encaja en ningún formato que no sea el suyo: “Hola, ¿cómo estás? Me llamo Daniel Johnston y ayer grabé este casete para ti. Estaba fumando en mi habitación vacía y pensé: voy a grabar este casete para ti. Hola, ¿cómo estás? Me llamo Daniel…”. De cinta en cinta y de brote en brote, recorriendo la estela de psiquiátricos, hospicios y calabozos que lleva hacia el improbable paraíso en el que habitan los santos.

 

 

Casto como un Petrarca, Johnston tenía también su Beatrice. Se llamaba Laura y había sido compañera de pupitre en el colegio. Solo su presencia rivaliza con la de Satanás en las letras de Daniel. Tanto el Demonio como su amor platónico aparecen en la sublime “Held the hand”, que empieza con un “Oh Dios mío, estoy tan aburrido” y termina con un icónico: “Salí por la MTV y todo el mundo me estaba mirando a mí”.

Laura apenas se acordaba de aquel chico enfermizo. Ella siguió con su vida y se casó con un enterrador. La mente errante de Johnston no pudo aceptarlo. No podía ser una casualidad. Era otra jugada de Lucifer, otra mano de póker mal repartida.

Dibujos a boli en los que se alternan Godzilla y el Capitán América, escenas bíblicas y Joe El Boxeador, un púgil que combate contra el infame Vile Corrupt mientras el Diablo hace de árbitro. Un boxeador al que han quitado la tapa de los sesos para que veamos cómo su mente se derrama en cada golpe.

 


“Hola, mi nombre es Daniel Johnston y estoy encerrado en un psiquiátrico”. Un cóctel variado de psicofármacos y cantidades ingentes de comida basura convirtieron al pequeño soñador en un viejo obeso al que le tiembla el pulso mientras hace dibujos de Casper, el fantasma amistoso. La ruina humana más profunda y avasalladora noqueó a Daniel Johnston, que se refugió con sus padres en los suburbios de Houston. Concretamente en un pequeño lugar sin esperanza llamado Waller. A la entrada del pueblo hay un cartel en el que puede leerse: “Bienvenido a una vida más limpia”.

Para limpiar todo el litio que ingería (y al que Nirvana dedicó otra canción sobre espejos rotos), Daniel bebía litros y más litros de Mountain Dew, una bebida gaseosa sobre la que escribió una delirante canción. Intentó vendérsela a la marca para que la utilizasen en sus anuncios, pero los chicos del marketing aún no habían descubierto que ser  diferente suponía vender más. Le dijeron que no, que los locos malolientes como él no podían ni debían salir por televisión. “¡Pero yo salí en la MTV!”, respondió Johnston.

El Mal siempre cumple lo que promete. Daniel se convirtió en un mito para la Generación X, esa etiqueta que las marcas empezaron a usar cuando decidieron comercializar la derrota bajo la forma de logos y jingles. Kurt Cobain recorrió el mundo vistiendo una camiseta de la inocente rana Jeremías y en 2005 un documental sobre la desastrosa vida de Daniel ganó el primer premio en el festival de Sundance. El Diablo le había hecho famoso.

 


Viviendo bajo el mismo techo que sus octogenarios padres, cantando himnos religiosos junto a ellos, dibujando con el pulso del Párkinson para conseguir nuevos bocetos del Capitán América que después intercambia por cómics y discos. Los chicos del marketing compraron una de sus canciones para un anuncio de desodorantes que traiciona todo lo que Johnston llegó a simbolizar. Pero ¿qué esperabas? El chico que vendió su alma al Diablo no se anda con remilgos.

Ahora es una bestia de más de cien kilos, incapaz de cantar sin llorar y de llorar sin cantar. Babea mientras sueña y no puede conectar tres frases sin perderse por el camino. Pero aún vive entre el mundanal ruido y da conciertos en Europa y en Japón y en cualquier otro lugar donde se haya perdido toda esperanza.

El tarado que ha grabado 25 discos en 22 años, sin contar recopilatorios ni singles, vive rodeado de dibujos de superhéroes y fantasmas y boxeadores sin tapas que cobijen sus sesos. El combate con el Maligno aún no ha terminado, la apuesta sigue sobre la mesa y al final el número 7 brillará en los cielos. Al final, el amor verdadero te encontrará.

 

Louis Black, un periodista del Austin Chronicle, sabía lo que decía cuando explicó por qué la locura de Daniel Johnston resultaba importante, crucial, una cuestión de vida muerte:

“Es casi imposible encontrar ideas tan ásperas que no puedan ser fagocitadas por la cultura americana. Pero Daniel es inmune a esas tentaciones. A Daniel no pueden comprarle porque él no sabe venderse. No es capaz de convertirse en una persona normal. Esa es su salvación y de eso nos habla en sus canciones. Daniel siempre será puro”.

Y nosotros nos ensuciaremos con el fango que inunda las calles, los conciertos y las tiendas de cómics. Le escucharemos y comprenderemos finalmente. Veremos la luz y sabremos que cada vez que nos sintamos mal, estaremos bien. La verdadera felicidad debe ser cruel.

La próxima vez que oigas las excusas de un artista, sus arrogantes balbuceos al asegurarnos que él sí que es auténtico, que él sí que cree en lo que hace, que él nunca se venderá… Sigue caminando y dedica una oración a Daniel Johnston. Si le preguntaban por qué hacía lo que hacía, siempre contestaba lo mismo. Muchos se lo tomaban como una frase hecha, pero Daniel era totalmente sincero. Siempre respondía: “La música me vuelve loco”.

 


 

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