Todos los vinilos son de regaliz – por Miguel Calzada

Letras que suenan   Hola a tod@s, hoy publicamos el nuevo cuento de Miguel Calzada “Todos los vinilos son de regaliz” (2012), escrito ad hoc para la sección “Letras que suenan” de este blog. Esta vez Miguel nos habla de viejos tocadiscos, surcos de vinilo y fin del mundo… Buena...

Letras que suenan

 

Hola a tod@s,

hoy publicamos el nuevo cuento de Miguel Calzada “Todos los vinilos son de regaliz” (2012), escrito ad hoc para la sección “Letras que suenan” de este blog.

Esta vez Miguel nos habla de viejos tocadiscos, surcos de vinilo y fin del mundo…

Buena lectura y ¡gracias a tod@s por seguirnos!

Nicola

 

 

Todos los vinilos son de regaliz – por Miguel Calzada

“Teaser and the firecat” de Cat Stevens (1971)

1. The wind
2. Rubylove
3. If I laugh
4. Changes IV
5. How can I tell you
6. Tuesday’s dead
7. Morning has broken
8. Bitterblue
9. Moonshadow
10. Peace train

     


    Tenía hambre, así que he rescatado el viejo tocadiscos. El plato todavía gira. Lo he conectado a una vieja minicadena, tan vieja que fue construida cuando aún giraban todos los tocadiscos de este viejo planeta. La minicadena nueva  no es capaz de hacerlo sonar: no pueden comunicarse porque pertenecen a eras distintas. Pero la vieja minicadena comprende su idioma y traduce el sonido a través de unos viejos bafles que siempre sonaron mejor que los nuevos.

    Necesitaba azúcar, así que he comprado un viejo vinilo. Fue fabricado en Munich en un año impreciso, en una época en la que las fechas no eran tan importantes. Negro y brillante, parece hecho de regaliz. Dan ganas de lamerlo. En su centro hay una etiqueta con los nombres de las canciones y la discográfica: la letra I de Island es una palmera frondosa.

    Llámale Yusuf, llámale Steven Georgiou, pero todos le conocen como Cat Stevens. Su madre era sueca y de pequeño ayudaba a la familia en el restaurante del padre, un chipriota aficionado al anís y el queso feta. Cuando el local estaba lleno, escapaba hacia la azotea del edificio para sentarse a mirar las estrellas y escuchar. El restaurante estaba en el Soho y los ecos de los musicales retumbaban en las noches de verano. Los niños siempre saben tomarse una pausa.

     


    He enchufado el tocadiscos, encajado el vinilo, levantado la aguja. Tras una espera ceremonial, he accionado la pequeña palanca que hace descender la aguja con suavidad asesina. He escuchado chisporrotear los surcos y se ha hecho el silencio como antes de una misa. Entonces unos dedos temerosos han rasgueado las cuerdas de la guitarra y una voz ha cantado que está escuchando al viento de su alma y que solo Dios sabe dónde irá a parar esta aguja, este plato, este viejo planeta que gira.

    En una noche de invierno una hermosa mujer le dijo que tenía ojos de gato, Fue entonces cuando empezó a llamarse Cat Stevens. Corría el año 1966 y su primera canción se llamó “I love my dog”.

    Pero el amor, como todo el mundo sabe, se terminó en 1969, y Cat Stevens pilló una tuberculosis que casi le mata. Cuando se recuperó, tras un año en el hospital, había escrito todas las canciones que necesitaba cantar. En ocho años sacó nueve discos, nueve vinilos negros y agridulces como el regaliz.

    El showbusiness adoraba su barba y sus suspiros folk. Como toda estrella del rock, vivía en California y tenía una casa en la playa. Un día salió a nadar y se dejó cegar por la línea del horizonte. Pensó que cada brazada tenía que acercarle un poco más a su destino, pero lo único que hizo fue perder de vista la línea de la costa. Entonces supo que estaba muerto. Ese fue el final del gato Stevens.

     


    “Me he sentado sobre el sol de poniente, pero nunca, nunca, nunca, ni una sola vez pedí agua”. La canción progresa. Puedes escucharlo pero también puedes verlo: el disco gira a 33 revoluciones por minuto. ¿Te das cuenta? Puedes contar las vueltas que da y saber cuándo ha pasado un minuto. Es un disco que es un reloj que es un altar al que adorar.

    No tienes que hacer nada. Solo esperar a que termine. Se acabaron los caprichos del niñato impaciente que usa Spotify para poner 10 canciones distintas en un minuto. Se acabó la obsesión por los estribillos: ahora tienes que aceptar que también existen las estrofas.

    Antes de caer hacia el fondo del océano, el gato Stevens maulló al cielo pidiendo ayuda. Suplicó con esa suave voz que había seducido a la mitad de las mujeres de California. Hizo una promesa: si se salvaba, trabajaría para el Salvador. En ese preciso instante, una inmensa ola lo tomó en su regazo y lo llevó mansamente hasta la orilla. Tal y como había cantado años atrás: “Nadé en las aguas del Diablo, pero nunca, nunca, nunca cometeré el mismo error”.

    Steven Georgiu, el hijo del camarero chipriota, lo vio claro: todo es vanidad. Y dejó de comer y dejó de dormir y dejó de hacer nada que no fuese buscar una manera de pagar su deuda. Probó con la cábala, el I Ching, el budismo zen, la astrología y unas cuantas barajas de tarot, pero la revelación solo llegó cuando comprendió que los mercaderes de las casas discográficas vendían su arte al mejor postor. Se sintió identificado con uno de los artistas invitados en la confusa historia del Corán. José, hijo de Jacob y protagonista del quinto acto de la Biblia, era un pastor al que sus propios hermanos vendieron como esclavo. El suyo fue un sufrimiento de vanguardia: el primer judío en sufrir el cautiverio en Egipto, sin el que no habría sido posible ni Moisés ni Cristo ni los vinilos. Tampoco el regaliz dulce, que es un invento químico patentado por algún yanqui enfermo de sentimiento de culpa.

     


    Llámale Steven Georgiu, llámale Cat Stevens, pero él dijo que quería ser el José del Corán y cambió su nombre a Yusuf. Dejó la música y se convirtió al Islam. Decidió que ya no hacía falta crear, que lo mejor era contemplar. Se dedicó a financiar colegios musulmanes y a lo largo de las décadas los medios conservadores consiguieron enredarle en las inevitables polémicas: Salman Rushdie, el velo, el 11 de septiembre

    No fue Mahoma quien se llevó a Cat Stevens de este mundo. Fue un vinilo con sabor a regaliz. Los surcos de un disco son una órbita perfectamente calculada: la tierra gira alrededor del sol 33 veces por minuto. Las canciones progresan desde la periferia hacia el centro. La aguja es un asesino silencioso que salta cuando ya no queda nada más que escuchar. Entonces se hace el silencio y tienes que levantarte, despertar, dar la vuelta al disco o poner otro diferente.

    Un compact disc es justo lo contrario: sus canciones progresan desde el centro hacia la periferia y en el aire flota la amenaza de que no se acabe nunca. Cuando lo escuchas, te alejas. Hace años que somos astronautas perdidos en el espacio.

     


    Primero consiguieron que escucháramos CD’s de 74 minutos, después compilaciones en MP3 que duraban días. Ahora tenemos un flujo ininterrumpido de música que no tiene final. Podrías sentarte a escucharla durante el resto de tu vida, pero no consigues aguantar una canción entera. Has olvidado lo que es la pausa analógica: ¿cuándo fue la última vez que escuchaste un disco de cabo a rabo, sin interrupciones ni repeticiones?

    La pausa analógica es desertar de un viejo mundo al que le han hecho un lifting para que parezca nuevo. Mi vieja minicadena está medio rota pero aún quiere hablar. Mi nueva minicadena es como un forzudo de gimnasio hinchado de esteroides: bafles gigantescos y luces llamativas, pero muy poca pegada.

    No tienes que crear, no tienes que compartir, no tienes que hacer ninguna de esas acciones que nos han obligado a venerar. Está prohibido actualizar tu estado en Facebook, retwittear este post, decir dónde estás en Foursquare, compartir una imagen en Pinterest, actualizar tu currículo en LinkedIn, ir a YouTube para ver el vídeo…

    Déjalo estar, déjalo girar. Siéntate y mira. Deja que te hipnotice. Escucha los surcos como si hubiese llegado el fin del mundo y este fuese el único disco que ha sobrevivido al cataclismo. No tienes prisa ni elección, pero probablemente tienes caries. No hagas nada. Solo escucha. Déjame sentir que te acercas. Estás cabalgando la ola, estás volviendo a casa, estás llegando al centro del universo y tienes que aprender de una vez que todas y cada una de las cosas de este viejo mundo tienen un Final.

     


     


     


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