El influjo rodiniano en el cambio de paradigma estético de la poesía de R.M. Rilke

Artículo sobre la influencia de la obra de Auguste Rodin en el cambio de paradigma estético de la poesía de R.M. Rilke en la primera década del Siglo XX .

 


Rudolf Bruner Dvorak, Rodin at the opening of his exhibition in the Mánes Union of Artists Pavilion, Prague, estimated 1902, [Ph.03541]. Cortesía: Musée Rodin, 2011. www.musee-rodin.fr

 

 

El primer encuentro entre Rainer Maria Rilke (Praga, 1875 – Montreux, 1926) y Auguste Rodin (París, 1840 – Meudon, 1917) ocurrió en el año 1902, cuando Rodin tenía sesenta y dos años y se hallaba en el momento de mayor plenitud artística, siendo su obra ya consagrada y reconocida. Por su parte, Rilke era un joven poeta de veintiséis años, recién casado (el día 28 de abril de 1901) con la escultora alemana Clara Westhoff (Bremen, 1878 –  Fischerhude, 1954), la cual contribuyó de manera determinante a su acercamiento al ámbito cultural francés – especialmente parisiense – y cuyo trabajo fue seguido con cierta atención por el propio Rodin. De hecho, en 1900 Westhoff fue alumna del escultor francés y en mayo de 1901 expuso algunas esculturas junto a las de Rodin en la Exposición internacional de arte de Dresde.

El motivo del encuentro fue el encargo asignado a Rilke de redactar una monografía sobre Rodin por parte de la editorial alemana Julius Bard. La obra fue redactada por Rilke entre octubre y diciembre de 1902 y fue publicada en alemán en marzo de 1903, con el título Auguste Rodin. Con motivo de este encargo, y de la llegada a París de su esposa Clara, Rilke se trasladó en la capital francesa a partir de septiembre de 1902. Fue entonces cuando él empezó – con quién desde el primer día llamó «maestro» – una correspondencia y una amistad que duró (si bien con varias interrupciones y alejamientos) hasta 1913, cuatro años antes de que Rodin muriera.

Para Rilke la relación con Rodin fue fundamental tanto a nivel personal como artístico. De hecho, su literatura se vio progresivamente influenciada por el ejemplo artístico y por las enseñanzas explícitas proporcionadas por el escultor. Rilke tenía conocimientos de Historia del arte y un gran interés por las artes plásticas. Esto se debía, por un lado, a sus estudios académicos especialísticos y, por otro lado, al ambiente artístico en el que lo introdujo su esposa. Gracias a la estrecha y profunda relación con Rodin, la labor de Rilke empezó a experimentar una lenta y progresiva transformación.

La lectura del libro Cartas a Rodin – recopilación de misivas dirigidas, entre 1902 y 1913, por Rilke a Rodin – permite conocer, a través de una fuente directa, el clima de gran efervescencia y de profunda transformación cultural que se dio entre finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX y que conllevó un fundamental giro estético tanto en las disciplinas artísticas plásticas como en la literatura y la poesía. En el ensayo de análisis crítico, titulado “Estudio Preliminar”, que precede el ya mencionado corpus epistolar rilkiano (traducido al castellano de la edición francesa en 1930 por Miguel Etayo)[1] – el estudioso español Federico Bermúdez-Cañete describe los efectos del influjo rodiniano sobre la poesía de Rilke con las siguientes palabras:

«Su esfuerzo de interpretación de la obra rodiniana fue mucho más que un análisis descriptivo: lo vivió como algo propio, como una incitación a realizar en escritura ese predominio absoluto de la forma, independientemente del material con el que el arte se enfrente. Él mismo, hastiado del Impresionismo y esforzándose de superarlo, había captado la posición intermedia de Rodin entre aquel movimiento decimonónico y el Expresionismo inminente. Y por supuesto, dejando muy atrás el academicismo y la influencia del Winckelmann, idealizadora y abstracta (aún vigente durante su juventud, que tuvo que sufrir los ataques de aquellos epígonos). En tanto en cuanto Rodin daba primacía a la superficie de los cuerpos bajo el juego de las luces, acercaba el Impresionismo pictórico a la escultura; pero en retratos de madurez como el Balzac simplificó y acusó rasgos “de dentro afuera”, preparando la estética expresionista».[2]

Desde el mes de septiembre de 1902, cuando tuvo lugar su primer contacto con Rodin, hasta la publicación de La otra parte de los Nuevos poemas (en 1908), Rilke fue siempre muy consciente de estar logrando – gracias al influjo rodiniano – una “nueva estética” poética, que llegará a desarrollarse de manera definitiva en los años sucesivos. De hecho, a finales de la primera década del Siglo XX, Rilke manifestó una inquietud nueva que le llevó a componer poemas independientes, encerrados en sí mismos, distintos de las obras de su primera época (como El libro de las horas), en las que aparecían versos entretejidos en un conjunto. Bermúdez-Cañete mantiene que en esta nueva fase de la poética rilkiana «cada poesía equivale ahora a una estatua exenta, y antes se podía equiparar a parte de un retablo».[3]

En este sentido, la propuesta creativa rilkiana de esta época – profundamente renovada por la referencia a la escultura de Rodin y a su método de trabajo – se configura en forma de composiciones que la crítica literaria ha definido como «poemas-cosas». En este nuevo tipo de composición Rilke reflejaba plenamente su afán por superar la temporalidad y dar a sus obras una cierta dimensión de permanencia, inspirada en lo duradero de las artes plásticas. Dicho en otras palabras, sus poemas-cosas buscaban lograr, a través del lenguaje, una plasticidad de las imágenes inspirada fundamentalmente en el modelado de Rodin. A este propósito, Bermúdez-Cañete escribe:

«El poeta se ha situado ante las “cosas” como el escultor ante su modelo: ya no son pretextos para elucubraciones subjetivas, aunque tampoco se puede hablar de una poesía “realista”. Siguiendo los ejemplos y los consejos de Rodin, Rilke se situaba ante objetos o seres de la naturaleza. (…) La ética rodiniana del ejercicio continuo de la observación, como presupuesto del trabajo de dar forma a la materia subyace a la riqueza de sugerencias de estos poemas. Una vez que Rilke supera su juvenil dependencia de la inspiración (que le llevaba a una alternancia entre arrebatos de creatividad y períodos de atormentada inacción) los años 1902 a 1908 presiden un metódico desarrollo de su capacidad de expresión precisa y rotunda. A ello contribuye la impasibilidad estética, ejemplificada por Baudelaire, que le lleva a poetizar también los motivos repugnantes, sin excluir ningún aspecto de la realidad».[4]

En este sentido, se puede afirmar que la «ética rodiniana del ejercicio continuo de la observación», en tanto premisa del trabajo incesante de dar forma a la materia, subyace a la realización de estos nuevos poemas “plásticos”. En ellos Rilke demuestra haber aprendido muy bien la lección del maestro, desarrollando metódicamente su propia capacidad de observación y de expresión. En esta fase, pues, su poesía empieza a centrarse en las experiencias humanas concretas, buscando la comprensión de la esencia de las cosas a partir de una observación atenta de la realidad.

La ética rodiniana del trabajo asiduo fue una constante de la vida del escultor. Como se puede leer en una carta que él mismo escribió a Camille Claudel el día 2 de diciembre de 1897 (cuando la atormentada relación sentimental entre los dos estaba a punto de concluirse definitivamente) el maestro seguía incitando su alumna a que se entregara por completo a su oficio de escultora y al duro trabajo que ello conllevaba. Las líneas de Rodin, a este propósito, resultan muy significativas.

«Siento mucho verla nerviosa y tomar un camino que por desgracia conozco. Sé que tiene usted el don de la escultura. Tiene la constancia heroica, es un hombre honesto un hombre valiente. En la lucha que sostiene tan admirablemente, y que hace que sea admirada y conocida de todos, no se apure por los pequeños chismes, sobre todo no pierda a sus amigos por disgustos caprichosos [subrayado en el texto original, n.d.r.] todo el mundo estará a sus órdenes, si quiere. No hable y trabaje como usted sabe. Su reputación alcanza la cima».[5]

Leyendo el epistolario de Rilke se nota como el poeta vuelva constantemente a mencionar las enseñanzas de método que ha aprendido de su maestro, hacia el cual se demostró siempre profundamente agradecido. Por ejemplo, en una de sus primeras cartas, dirigida a Rodin el día 11 de septiembre de 1902, Rilke escribió:

«Es usted el único hombre del mundo que, lleno de equilibrio y de fuerza, se alza en armonía con su obra. Y si esta obra, tan grande, tan justa, se ha convertido en un acontecimiento para mí del que sólo podré hablar con la voz trémula de espanto y de homenaje, es también, como usted mismo, un ejemplo dado a mi vida, a mi arte, a todo lo más puro que hay en mi alma.

No he venido con usted sólo para hacer un estudio, ha sido para preguntarle: ¿cómo hay que vivir? Y usted me ha respondido: trabajando. Y lo entiendo bien. Siento que trabajar es vivir sin morir. Estoy lleno de agradecimiento y de alegría. Porque desde mi primera juventud sólo quería esto. Y lo intenté. Pero mi trabajo, por el hecho de amarlo tanto, se convirtió durante aquellos años en algo solemne, una ceremonia vinculada a raras inspiraciones; y había semanas en las que no hacía nada más que esperar con infinita tristeza la hora creadora. Era una vida llena de abismos. Evité ansiosamente todo medio artificial para atraer la inspiración, empecé por abstraerme del vino (lo que hago desde varios años), intenté acercar mi vida a la naturaleza misma… Pero aunque todo esto era razonable sin duda, nunca tuve el coraje de atraer la lejana inspiración trabajando. Ahora sé que es el único medio de retenerla. Y ése es el gran renacimiento de mi vida y de mi espíritu que usted me ha dado. Y ésa es también la situación de mi mujer; el año pasado tuvimos unos problemas de dinero bastante graves y todavía no se han resuelto: pero ahora creo que el trabajo asiduo puede disipar incluso las angustias de la pobreza. Mi mujer debe dejar a nuestra hijita y, sin embargo, piensa en esa necesidad más tranquila y ecuánime desde que le escribí lo que usted dijo: “Trabajo y paciencia”. Me siento feliz de que ella vaya a estar junto a usted, junto a su gran obra».[6]

El año siguiente, concretamente el día 27 de marzo de 1903, Rilke escribió a Rodin una carta desde la ciudad toscana de Viareggio. En conclusión de su misiva, afirmaba:

«Ahora pienso en mis trabajos y me esfuerzo, siguiendo su consejo, en concentrarme, por decirlo así, en aplicar  todas mis fuerzas a lo que es el designio más importante de mi vida. No leo mucho; admiro el mar, la llanura, la montaña y todos los animales, y las cosas simples de mi camino».[7]

El día 11 de agosto de 1904 el poeta escribió a Rodin para informarle sobre su reciente viaje por Italia, Alemania, Suecia y Dinamarca. En esta carta volvió una vez más a reconocer el papel esencial de su ejemplo:

«Me gustó mucho ver el bronce del pequeño Pensador después de haber admirado en Düsseldorf la gran estatua (¡qué universo!). Y los Burgueses de Calais erigidos ante el Museo: así puede verse vivir el movimiento inolvidable de sus mil contornos en la profundidad del cielo. Maestro, yo querría ir por el mundo esparciendo su gloria; pero allá donde llego ya le han reconocido, le cantan y le admiran. A pesar de todo me queda todavía mucho que decir. Y queda: vivir y trabajar según su gran ejemplo».[8]

En 1907 Rilke y Rodin vuelven a acercarse tras de la absurda ruptura unilateral que tuvo lugar por parte de Rodin en mayo de 1906. El escultor, ya viejo y cada vez más intolerante, había llegado a expulsar Rilke de su casa por fútiles motivos, después de haberle invitado a vivir con él como secretario personal en el periodo otoño-invierno de 1905-1906. En aquel entonces Rilke empezaba a obtener los primeros reconocimientos por su obra y estaba dando numerosas conferencias sobre la obra de Rodin en distintas ciudades de Europa. El día 30 de diciembre de 1907 Rilke escribió a su «amigo y maestro» para felicitarle el año nuevo. La relación entre los dos era entonces más paritaria. De hecho, el lenguaje de Rilke parece haber perdido gran parte de la veneración casi religiosa que caracterizaba sus primeras cartas. Efectivamente, se encuentra notablemente reducida la idealización juvenil de Rodin. Sin embargo, y a pesar de todo, el poeta sigue reconociendo la importancia del influjo rodiniano sobre el desarrollo de su obra. Escribe Rilke:

«Espero que se reconozca cuánto me han forzado su Obra y su ejemplo a progresos definitivos, porque si algún día me mencionan entre quienes han seguido dignamente la naturaleza, será porque fui su alumno de corazón, obediente y convencido».[9]

Desde el 17 al 22 de octubre de 1907 Rilke visitó casi a diario la Exposición en el Salon d’Automne de París conmemorativa de Paul Cézanne (Aix-en-Provence, 1839 – 1906), quien había fallecido el año anterior. Rilke se sintió profundamente fascinado por la obra del pintor francés y escribió una serie de cartas a su mujer en las que emerge claramente como el conocimiento de la obra de Cézanne produjo en él una conmoción comparable con la suscitada por el encuentro con Rodin. En la obra pictórica de Cézanne Rilke veía extremadas las premisas estéticas de la observación rodiniana de la realidad. A partir de esta época la aproximación a la poesía de Rilke combina las influencias de Rodin y de Cézanne, dando lugar a poemas “plásticos”, publicados por primera vez en noviembre de 1908, carcaterizados por la ausencia de subjetividad en la representación.

A modo de conclusión, se reproducen aquí dos poemas escritos por Rilke a una distancia de tiempo de más de diez años. Como se puede apreciar, en el primero – Encanto (1895) – la estética del joven poeta, que tenía entonces veinte años, aparece todavía muy influenciada por un idealismo neorromántico. Su lírica expresa claramente una búsqueda inquieta hacia una dimensión espiritual de la existencia, con claras referencias a algunos tópicos de la religión católica.

 

 

ENCANTO ( en Ofrenda a los Lares, 1895)[10]

 

A menudo veo el cuarto de intimidad animado,

con vivacidad cuentan las paredes;

una amable muchacha, medio niña aún, alza

las manos hacia el cuadro de María.

 

Un chico aplicado está junto al padre,

que mucho ha aportado para la casa.

Se disponen a rezar la oración angélica,

y la madre da un descanso a la rueda de hilar.

 

Me parece entonces que los ojos se humedecen,

hasta los de la Virgen en el marco.

Escucho: en la voz de bajo del padre

suena propicio el Amén.

 

El segundo poema – La dama ante el espejo (1907) – representa en cambio un claro ejemplo de poema-cosa, típico de la producción rilkiana de finales de la primera década del Siglo XX. Los versos están dedicados a Auguste Rodin, definido como «mon grand ami». Las palabras ahora parecen esculpir imágenes “concretas”, construidas a través de un lenguaje preciso y rotundo. La belleza de los versos se halla justo en su capacidad de dar movimiento a las emociones más profundas a partir de una descripción minuciosa de la realidad, de las situaciones cotidianas y de los objetos corrientes despojados de cualquier referencia a una dimensión espiritual o mística. Se trata, esto es, de versos que “modelan” la superficie de las cosas, al mismo tiempo que tocan las cuerdas íntimas del alma. Versos que describen y expresan a la vez.

 

LA DAMA ANTE EL ESPEJO (en Segunda serie, 1908)

A mon grand ami Auguste Rodin

París, entre el 22 de agosto y el 5 de septiembre de 1907.

 

Como en embriagadora especería

desata sin ruido en la fluidez clara

del espejo sus fatigados gestos;

e introduce allí dentro su sonrisa.

 

Y aguarda hasta que de todo eso ascienda

el líquido; luego vierte el cabello

en el espejo y, alzando los hombros

maravillosos del traje de noche.

 

Bebe callada de su imagen. Bebe

lo que una amante en éxtasis bebiera,

inquiriendo desconfiada; y hace

 

un guiño a su doncella, si ve luces

sobre el fondo del espejo, roperos,

y lo turbio de una hora trasnochada.

 

Bibliografía

CLAUDEL, Camille: Correspondencia. Editorial Síntesis. Madrid, 2006.

RILKE, Rainer Maria: Cartas a Rodin. Editorial Síntesis. Madrid, 2004.

RILKE, Rainer Maria: Auguste Rodin. Nortesur. Barcelona, 2009.

RILKE, Rainer Maria: Cartas sobre Cézanne. Paidós Estética. Barcelona, 2009.

RODIN, Auguste: La lezione dell’antico. Abscondita. Milano, 2007.

– Website LITERATURA.US: http://www.literatura.us/idiomas/rmr_breve.html

 

 


[1] RILKE, Rainer Maria: Cartas a Rodin. Editorial Síntesis. Madrid, 2004.

[2] RILKE, Rainer Maria: Cartas a Rodin. Editorial Síntesis. Madrid, 2004, p. 34.

[3] Ob. Cit.,  p. 56.

[4] Ob. Cit.,  pp. 58-59.

[5] CLAUDEL, Camille: Correspondencia. Editorial Síntesis. Madrid, 2006, p.123.

[6] RILKE, Rainer Maria: Cartas a Rodin. Editorial Síntesis. Madrid, 2004, pp. 80-81.

[7] Ob. Cit, pp. 90.

[8] Ob. Cit., p. 91.

[9] Ob. Cit., p. 117.

[10] El texto de éste como de otros poemas de Rilke se pueden leer en la siguiente página web:  http://www.literatura.us/idiomas/rmr_breve.html

 


 

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