Un ninja en el gueto – por Miguel Calzada

¡Hola a tod@s! Hoy presentamos un nuevo docu-cuento inédito de Miguel Calzada: “Un ninja en el gueto” (2010). Esta vez Miguel nos habla de rap,  gangsta y kung-fu… Buena lectura y gracias por vuestros clicks, Nicola Un ninja en el gueto – por Miguel Calzada El gueto es una telaraña...

¡Hola a tod@s!

Hoy presentamos un nuevo docu-cuento inédito de Miguel Calzada: “Un ninja en el gueto” (2010).

Esta vez Miguel nos habla de rap,  gangsta y kung-fu…

Buena lectura y gracias por vuestros clicks,

Nicola

Un ninja en el gueto – por Miguel Calzada


El gueto es una telaraña de calles que no te lleva a ninguna parte porque al final del camino están los muelles, el océano y un puente que no te apetece cruzar. El gueto son hileras interminables de casas cúbicas con rellanos precedidos por 13 escalones, puertas listas para ceder a las patadas de la policía y bolsas de basura esparcidas por la acera. No hay jardines, pero en los patios traseros las vallas se saltan, ladran los perros y los adolescentes venden hierba, crack y oxicodona. No hay metro pero algunos circulan en Lexus. De cada gueto del triste mundo sale de vez en cuando un sucio bastardo que, con el tiempo, se hace viejo.

El viejo y sucio bastardo llamado Russell Tyrone Jones tenía bastante gueto en Brooklyn, con su familia desestructurada y su afición al pegamento. No le gustaba el barrio, odiaba el invierno y detestaba que los viejos de la licorería le repitiesen aquello de que el gueto era un callejón sin salida, una vía muerta para vagones de carga que soportan peso pero que no llevan nunca nada encima. De niño creyó encontrar un punto de fuga: el puente Verrazzano (explorador florentino devorado por indígenas). Cruzarlo a lomos del bus 93 garantizaba una excursión a Staten Island, el lugar más aburrido de Nueva York y hogar de sus primos. El tedio de Staten Island le enseñó que se podía huir del gueto, pero no de la mediocridad. Escuchando el rap inocente de los primeros tiempos y viendo películas de kung-fu con sus primos, el sucio bastardo, que todavía no era viejo, soñaba con escapar como un ninja.


Bowie hablaba de monstruos que daban miedo y The Cure de chicos que no lloraban, pero en Staten Island los días eran grises y los críos escuchaban Afrika Bambaataa. Pronto apareció por allí  Clifford Smith, un chaval de padre ausente que con el tiempo sería El Hombre Método, Method Man, en honor a una película de kung-fu de Jimmy Shaw y al vocablo slang “method”, marihuana. El mayor de los primos del sucio bastardo, llamado GZA o El Genio, grabó un disco de rimas que fue un fracaso. Lo mismo le pasó al otro primo, conocido como Príncipe Rakeem o RZA. Por más siglas que juntasen, habían visto a los técnicos riéndose de su estilo en la sala de grabación. Sabían que no valían, que eran carne de cañón, y el orgulloso Hombre Método se mudó a los patios traseros.

Sus caminos siguieron una lógica trazada por la CIA y el FBI, a los que la conspiranoia colectiva acusaba de haber inundado el gueto de crack y armas semiautomáticas como parte de un gran plan para destruir el orgullo de la raza negra. Hasta que un día los críos se hicieron viejos y decidieron que había que romper la telaraña. Su delirio comenzó con leves detalles. Empezaron a referirse a Staten Island como Shaolin, nombre del monasterio chino donde se inventó el kung-fu. Se consideraban shogunes, generales de míticos ejércitos samuráis, maestros en el uso de la estrella ninja y los nunchakus. La pasión por los cómics de Method Man completó la fantasía: serían superhéroes en su lucha por escapar del barrio con la sola ayuda de la rima y el ritmo. Llamaron a otros cinco negros atrapados en la mediocridad y formaron un clan, el Wu Tang Clan, en recuerdo de la cordillera de las Wu Tang, cuna del taoísmo y las artes marciales, forja de una mítica espada indestructible que subyugaría al enemigo blanco, anglosajón y protestante.

Era 1993, una época movida para el rap. Nacido al sur del Bronx y entre los desheredados de Brooklyn, el negocio, los dólares que todos ansiaban, se había desplazado hacia la costa oeste, con guetos soleados como Compton, en Los Ángeles. La rivalidad este-oeste se había calentado despacio, con canciones-insulto lanzadas de extremo a extremo del país, como “Fuck Compton” o “Fuck South Bronx”. El clan de los Wu Tang irrumpió con su grotesca parafernalia de Bruce Lee en una fiesta en la que todos iban disfrazados de gánsteres. Su plan era sencillo: conquistar el mundo y quedarse con el dinero. Lo demás era secundario.

Grabaron un disco plagado de samples que iban desde el cine clásico de kung-fu (los Shaw Brothers, Gordon Liu) hasta Thelonious Monk. Se vistieron como ninjas y soltaron densas parrafadas sobre su impecable estilo de lucha. Voces hardcore, sin florituras, ajenas al almíbar del R&B, sobre bases que sonaban a fritura, ambientes esquizoides de fondo y ritmos de la vieja escuela, la que no se olvida. Eran pura costa este, humo y claxon, días grises, tedio y baloncesto. Para definir su sonido utilizaban hasta la saciedad la palabra “gritty”: ásperos como la arena y, en una segunda acepción, “decididos a enfrentarse al peligro”. Como buen clan, decidieron juntar sus esfuerzos solo cada cierto tiempo, dedicando los intervalos a sus proyectos individuales. Los nueve samuráis eran agentes libres, como Shaquille O’Neal, que podían firmar contratos con cualquier discográfica mientras volaran en solitario, pero estaban obligados a volver al templo shaolin cada cierto tiempo y rendir pleitesía al clan. Esta fórmula, demasiado innovadora para las mentes cuadradas de los ejecutivos discográficos, les hizo millonarios. Enloquecidos por el brillo del oro, se lanzaron a construir toda una industria: los Wu Tang no eran solo rap, eran también una línea de ropa, una colección de cómics, un videojuego, una cadena de peluquerías, una escuela para jóvenes talentos. Y no importaba en qué ciudad, país o fragancia se moviesen, porque aquello siempre olía a gueto.

Una panda de negros buscando la crema, C.R.E.A.M., siglas de Cash Rules Everything Around Me, el dinero mueve todo lo que me rodea, el título de una canción en la que animaban a coger la pasta y correr, escapar de las sirenas y los disparos y las bolsas de basura esparcidas por la acera. Nueve ghetto boys sumidos en su particular ego trip, el ascenso hacia las mieles del Olimpo en una América desquiciada que les permitía ser estrellas del rock, superhéroes, tener una marca de zapatillas con su nombre en el mercado. La rivalidad Este-Oeste se saldaba con el martirio de sus líderes, 2Pac Shakur en el nombre de California (tiroteado en Las Vegas tras un combate de Mike Tyson), y Notorious B.I.G. representando a Brooklyn (ejecutado en Los Ángeles tras una fiesta promocional). El rap se vendía al gramo en MTV y se extendía a lugares insólitos: los muchachos vestían gorras y pantalones anchos de Canadá a Hong Kong, de Huesca a Tel Aviv.


El viejo y sucio bastardo jugaba con su abanico de alias: Old Dirty Bastard (otra película de kung-fu), Gran Niño Jesús, Perro Sucio, Osiris… De él dijeron que su estilo no tenía padre, que su forma de desafinar ante el micrófono era de estirpe bastarda. Los críticos musicales le coronaron “monje borracho del hip-hop” (otra película más). Se metía de todo, con y sin receta, pero ni así conseguía que algo le importase. El champán Cristal, las botas Timberland y los Hummer blindados se convertían en mofas si él los mentaba. Su pose era una reducción al absurdo de la figura del gangsta, aquel al que le sobraban las mujeres y que se enfrentaba con sus rivales metralleta en mano. Se burlaba de la virilidad congénita de todo rapero detallando en sus ilegibles letras lo sucio y despreciable que era, su físico castigado y sin un músculo o las molestias de su última gonorrea. Sus compañeros de clan supieron que estaba loco cuando comprendieron que ni siquiera el dinero le importaba. Y es que Rusell Tyrone Jones, el sucio y viejo bastardo, intuía que los dólares, por muchos que tuvieras, te mantenían atado a la mediocridad. Las giras, las galas y las joyas olían a gueto, y eso servía para explicar por qué tantos jovencitos blancos, anglosajones y protestantes compraban sus discos y fumaban sus primeros porros escuchándole cantar aquello de “yo enseño la verdad a los adolescentes: es mejor que empecéis a poneros chaleco antibalas”.

No quedaba otra salida que ser mediocre, convertirse en la coartada que todos necesitaban para demostrar que quien nace sucio, muere sucio. Y ya que esa era la única escapatoria, Russell Tyrone Jones decidió exagerar hasta que todo fuese una comedia que dejase en evidencia al sistema y al antisistema, al mercado impoluto y a los advenedizos que se sentían limpios por hacer rimas obscenas. Empezó a cavar un agujero, su agujero, y se empeñó a fondo. Tuvo 13 mujeres e incontables hijos, todos ellos bastardos y a los que siempre negó la manutención. Los llevaba en limusina para que recogiesen el cheque de los servicios sociales, y todo ante las cámaras de la MTV. Pronto se le acumularon las denuncias de cada una de las 13 madres, pero era solo el principio. Harto de que los viejos le dijesen que estaba en una vía muerta, atracó la licorería de su barrio y se dejó arrestar. Poco después dejó fluir su lírica enferma en una discusión con un verdadero gangsta, y recibió un tiro en las tripas del que salió ileso. En 1998, cuando llevaba un lustro exagerándole al mundo sobre lo rico que se había hecho, entraron a robar en su casa y le balearon por la espalda. Sois unos ignorantes, dijo refiriéndose a sus agresores cuando salió por su propio pie del hospital, ¿no habéis escuchado mis letras?, ¿no habéis entendido que he aprendido la técnica ninja del Chi, que las balas no pueden ni tan siquiera rozarme?

 

Fue detenido conduciendo colocado en numerosas ocasiones; en la costa este, en la oeste y entre medias se le acumulaban las citaciones para juicios y careos con personajes a los que había insultado o robado, a mano descubierta o armado, sobrio o en fase maníaca. Robó unas Nike de 50 dólares, fue arrestado y la policía encontró en sus bolsillos 500 dólares en efectivo. Su verbo era cada vez más barroco, y fue acusado de “amenazas terroristas” tras discutir con el portero de una discoteca. Agobiaba al Hombre Método con su teoría de que el FBI les estaba siguiendo, controlando lo que comían, bebían, decían y pensaban. “Exterminaré cada uno de los microchips que el Gobierno ha introducido en mi cuerpo, soy el negro paranoico en tu fiesta”, cantaba en medio de la euforia. En 1999 fue la primera persona a la que se le aplicó una extraña ley del Estado de California que imponía una multa especial para los convictos que condujeran sin carné y con chaleco antibalas. Un policía le detuvo con demasiados viales de crack encima y dijo que el bastardo le había apuntado a la cabeza con un arma, que le había gritado: “¡Voy a volarte la tapa de los sesos!”. El jurado supo apreciar su gruesa ironía, comprendió que era un personaje de género, un gánster cómico, y solo le obligaron a que se sometiese a un programa de desintoxicación. Pero él estaba dispuesto a cualquier cosa menos a que le encerraran entre la carne de cañón, peste de gueto.

Emprendió una fuga clásica, como Bonnie & Clyde, que monopolizó las cabeceras de los telediarios. Durante dos meses recorrió el país como un fugitivo, y esta vez el FBI sí que andaba tras sus pasos. Dormía en casas de amigos, daba conciertos improvisados y consiguió reunirse con el líder del clan, RZA, para grabar algunas canciones. Cruzó América de oeste a este, como años atrás había hecho Jack Kerouac, y llegó a tiempo para una aparición sorpresa en la fiesta de presentación del último disco de los Wu Tang. Ante las cámaras de la MTV, el enemigo público número uno, botella en mano, festejaba su condición de príncipe de los ladrones. El final de la escapada fue digno de su personaje: le detuvieron a la salida de un Mc Donald’s. No fue el FBI quien le encontró, sino dos policías obesos que pararon a comer un Big Mac y vieron a una multitud de adolescentes pidiendo autógrafos al proscrito del mes.

El sistema le recetó aceite de ricino. Dos años de cárcel en la prisión de máxima seguridad de Clinton, cerca de la frontera con Canadá. Una cárcel para violadores y psicópatas conocida como la Pequeña Siberia. Allí cumplió condena el poeta beat Gregory Corso cuando tenía solo 17 años. Allí quedó traumatizado 2Pac Shakur, ídolo rapero que se creía fuerte hasta que tuvo que respirar aquel aire gélido. Era un viento frío, glaciar, que había conseguido milagros a principios del siglo XX, cuando la Pequeña Siberia se había convertido en el destino de todos los presos tuberculosos, que se curaban milagrosamente al poco de llegar. El viejo y sucio bastardo se asfixió al inhalar aquel oxígeno en el que no había ni rastro del humo, el claxon, el tedio ni el baloncesto. Shaolin quedaba muy lejos y, muerto el personaje, ya solo quedó Russell Tyrone Jones, un desgraciado de Brooklyn que no soportaba el invierno.

Le amenazaron de muerte, le partieron las piernas en una pelea, intentó suicidarse. Estaba solo, no hablaba y se encerraba en su celda para ver la tele. Concedió una entrevista en prisión en la que su carácter errático y esquizoide ya no parecía una broma. Dijo que quería irse a vivir a Hawai, pero al salir le impusieron arresto domiciliario en casa de mamá, de vuelta en el gueto como un vagón de carga aparcado junto a esos edificios abandonados en los que los adolescentes hacen sus grafitis. Era frágil como un insecto atrapado en la telaraña, embalsamado, y se provocó un ataque al corazón mezclando cocaína y opiáceos.

El Hombre Método y el resto del clan siguieron haciendo discos, ropa, zapatillas, uñas acrílicas y películas que poco a poco iban quedando atrapadas en la mediocridad, la repetición y la monotonía, como en las interminables hileras de casas cúbicas con sus rellanos y sus escalones, uno, dos, tres, cuatro, hasta 13 veces la misma condena. Cuando el corazón se le fue al galope, Russell Tyrone Jones estaba pensando si merecía la pena cruzar el puente Verrazzano, coger el bus para ver alguna película de kung-fu con sus primos. El viejo bastardo se fue del mundo convencido de que ni la vida ni las balas habían conseguido rozarle.

 


 

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