El punto de equilibrio de Germán Gómez

Crítica de la exposición: DE PADRES Y DE HIJOS. Personal de Germán Gómez. Galería Fernando Pradilla. C/ Claudio Coello, 20. Madrid. Hasta el 23 de octubre de 2010.

De padres y de hijos. Estudio VI-II. Pieza Única, 2010, C-Print sobre papel, duraclear, dibujo y remaches metálicos sobre dibond, 150 x 120 cm. Courtesy: Galerí­a Fernand o Pradilla, Madrid, 2010.

Que Germán Gómez (Gijón, 1972) sea uno de los jóvenes artistas españoles más interesantes de la actualidad lo demuestra claramente su nueva exposición personal en la galería Fernando Pradilla de Madrid: una propuesta rotunda, sólida y persuasiva.

Las más de treinta obras que conforman esta última serie – De padres y de hijos (2010) – representan la etapa quizás más madura de un ciclo artístico iniciado, a principios de esta década, con la serie Compuestos (2004-2009), y desarrollado sucesivamente, con cierta regularidad, en Del susurro al grito (2004-2010); Dibujados (2006); Condenados (2008) y En éxtasis (2009).

El proyecto estético subyacente al trabajo de Gómez se centra, esencialmente, en la idea de renovar el tradicional tema figurativo del retrato a partir de una yuxtaposición de fragmentos de fotografías de distintas personas. A tal fin, el artista se vale de un proceso técnico complejo, que va del disparo fotográfico inicial a la recomposición a posteriori de las diferentes partes del retrato final. Estas partes están literalmente cocidas a través de una máquina de coser industrial. Las figuras así creadas retratan, en realidad, personajes híbridos: identidades “otras”; ideales, o bien fantasmáticas. La lógica compositiva sigue la idea del collage fotográfico artesanal y tiende a evocar casi siempre una simultaneidad de puntos de vistas diferentes sobre el mismo sujeto (a partir de una perspectiva descompuesta de origen cubista) a la vez que busca la representación del movimiento, tanto físico como emotivo, de los protagonistas.

A lo largo del tiempo Gómez ha ido forjando y consolidando un estilo artístico muy personal y reconocible, con un dominio completo, tanto técnico como conceptual, de su característico lenguaje expresivo. En este sentido, como se puede apreciar visitando esta exposición, el artista demuestra haber alcanzado un maduro punto de equilibrio entre, por un lado, un alto valor estético de las obras presentadas – en general, son todas muy bellas – y, por otro lado, cierto valor poético de alcance universal. De hecho, las piezas se adentran en una dimensión existencial, íntima y subjetiva, despertando en el espectador una reflexión inevitable sobre la esencia de su propia identidad; sobre sus propias raíces; sobre sus sueños, deseos, aspiraciones. En fin, sobre su origen; su condición presente; su imprevisible futuro.

Los que vemos, en concreto, son retratos de identidades “terceras”; esto es, construcciones realizadas a partir de fragmentos de fotografías de padres y de hijos (hechas por el propio artista) combinados de manera tal que los retratos originales se disuelven y se confunden entre sí sin anularse: se trata, en este sentido, de una opción, plástica y metafórica, que trascende y sintetiza las dos solas condiciones posibles desde un punto de vista puramente racional: la del “padre” y la del “hijo”. En estos trabajos, Gómez manifiesta una capacidad expresiva segura, limpia e intencionalmente gobernada. De hecho, en este ciclo, el artista, liberado de preocupaciones formales por la distinción estilística, parece concentrarse plenamente en la exploración de aspectos más profundos y simbólicos de la obra.

Las que vemos son a menudo variaciones sobre un mismo tema: versiones de los mismos retratos en formatos distintos y sobre soportes diferentes. Cabe mencionar, a este propósito, la utilización del papel – el soporte más íntimo y frágil – sobre el que se han realizado collages, intervenciones dibujadas y decollages (que llaman a la mente la labor de Mimmo Rotella); o bien la exitosa experimentación “volumétrica”, hacia la tercera dimensión, que se materializa en una suerte de “fotografías en relieve”, realizadas superponiendo y moldeando chapas metálicas cortadas con laser, sobre cuya superficie se han impreso los fragmentos de fotografía.

El equilibrio maduro alcanzado hoy en día por la obra de Gómez, a la vez que emociona y convence (y quizás justo por ello), deja esperar, de cara al futuro, una búsqueda de directrices proyectuales tan valientes y relevantes como la actual. De hecho, todo equilibrio representa, al mismo tiempo, un punto de inflexión; esto es, un punto de partida nuevo: el cerrarse de un ciclo e, inevitablemente, el abrirse de otro. Como bien se sabe, todo equilibrio es, por definición, precario. Y el límite entre el equilibrio y al amaneramiento, a veces, puede resultar muy lábil.

 


 

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