La cola del paro – por Miguel Calzada

No hagáis caso a la tele, la cola del paro no es para tanto. Los que no la pisan a menudo exageran, trazan simbolismos que les sirven para contentarse con sus míseros trabajos de mierda. Nos tienen a nosotros, en la tele, con nuestros caretos de perdedores, para mentalizarse sobre lo que no quieren ser, sobre adonde no quieren llegar. Más te vale funcionar en la empresa o terminarás ahí, esperando tu turno.

 

 

Hay que madrugar y uno suele estar tan dormido que el tiempo se escapa en narcosis, hojeando una revista de coches que nunca podrás comprar, escuchando en la radio a esos tertulianos que se embolsan diez mil, veinte mil, cincuenta mil al mes, sin exagerar. Con eso yo vivo uno, dos, cuatro años. ¿Cómo no voy a odiarles? Viven doce, veinticuatro, cuarenta y ocho veces mejor de lo que yo viviría si tuviera algo de todo lo que me prometen aquí, en la cola del paro, que no es para tanto porque el rato se pasa entretenido y me divierto imaginando lo idiotas que son todos los que hablan en mis cascos.

Peor es la cola del banco, tiesos como penitentes frente a la ventanilla, y la única manera de distraerse es fantasear con que venga alguien a reventar la caja fuerte, y unirse al golpe, dadme una parte y a cambio me encargo de los de las mesitas, que siempre están muy ocupados tocándose los huevos, esos de camisa y corbata, que les preguntas si pueden arreglarte un papeleo, mírame-lo-del-crédito-por-lo-que-más-quieras, y te miran de arriba abajo, te fichan y te dicen: “Estoy muy ocupado tocándome los huevos, póngase en la fila”. Y allí nos quedamos con nuestros caretos de perdedores, y la tele no va a venir a vernos a menos que a alguien se le ocurra reventar la caja fuerte y coger rehenes.

En la cola del médico te conviene exagerar, ponerte realmente mal para que la cosa funcione, o terminarás palmando de septicemia por una caries que se complicó. Si vas y dices: “No es para tanto, sólo me corté un dedo”, te mandarán a casa. De qué te quejas si todavía te quedan nueve. Y eso sin contar los de los pies, que hay orangutanes que con los dedos de los pies hacen cosas que tú ni siquiera te las sueñas, chaval, pongo un mono en la cadena de montaje y listo. Lo peor del centro médico es que te encuentras con algunos de los viejos de la cola del paro. Y ves que están fatal, que no pueden respirar, que no pueden cagar, que no pueden caminar y que se van a morir así, esperando su turno, con el numerito en la mano y un poso de odio detrás de las pupilas.

La cola terminal es la de los cursos para desgraciados. Hay que ir muy temprano, antes de las nueve, si quieres pillar algo decente. Si te quedas dormido terminas en clases de alfarería con las marujas del barrio, que sólo saben decir idioteces sobre las idioteces que ven en la tele. Hay que poner el despertador y echar allí la mañana, no te queda otra. Los mamones que tienen trabajo viven convencidos de que a los que no lo tenemos nos sobra el tiempo. Que no nos importa estar allí como borregos, mendigando una oportunidad para hacer jarrones chinos con nuestras manos de nueve dedos. Creen que hacemos los cursos porque nos aburrimos, porque nos angustia despertarnos tarde y pasar las horas sin hacer nada. Pero en realidad son ellos los que nos angustian, su mera existencia. Ya nos gustaría irnos al parque a ver la primavera y tomar unas cervezas antes de comer.  Y dar un paseo por la Gran Vía y fijarnos en las chicas guapas, sobre todo en las turistas, que van por ahí con el dinero a la vista. Y si nos animamos, pues es fácil robarlas en un descuido, sin demasiada violencia, y ahí lo tienes: más parque y más cervezas y más primavera. Pero no lo hacemos, no nos quedan agallas. Porque tenemos a todos esos parásitos que trabajan para recordarnos cada día que nos sobra el tiempo, que nos aburrimos, que nos angustiamos y que lo que más deseamos en esta vida es moldear el barro y hacer cacharros que se resquebrajarán bajo el sol.

Total, que ya que estás, ya que hay que hacerlo, te lo curras para estar de los primeros y no terminar en alfarería. Te metes en el cuchitril de los servicios sociales y te tiras dos, tres, cuatro horas de pie, a ver qué toca. La radio no se coge porque el garito está al lado de la comisaría. La policía tiene un aparato que bloquea las frecuencias. Dicen que es para que no les pongan bombas, pero a mí no me interesa. Me como la cola en ayunas sin poder escuchar la tertulia. Vaya mierda. Que calibren mejor el cacharro, que lo arreglen. Al fin y al cabo, ¿quién va a poner una bomba en la cola de los cursos para desgraciados? Y me imagino un muyahidín con cinturón explosivo y Corán de bolsillo. Y le digo:

-¿Qué vas a hacer? No seas loco y vete a reventarle las tripas al Papa, o al de la patronal, o a la madre de tu peor enemigo. O a la caja fuerte, y así te llevas el suelto. No puedo creer que vengas a hacer el kamikaze aquí.

Gruñe un poco en árabe y responde:

-Mira, infiel, no malgastes saliva conmigo. Explote donde explote iré al cielo y me estarán esperando 72 vírgenes.

Y le digo:

-Es el mejor argumento que he oído en mucho tiempo. Adelante, pues. ¿Y a mí que me toca por quedar reventado a tu lado?

-Como mucho podrás compartir con otro a una turista. Y no será virgen.

-Trato hecho.

Te vuelves loco en la cola de los cursos. Pero al final te toca y te dicen que quedan plazas para esto y para lo otro. Muchas veces sólo queda sitio para una cosa, pero aún así tienen la decencia democrática de darte a elegir entre hacer algo que detestas o irte al parque con la primavera y la cerveza. Y siempre elegimos el curso, porque somos imbéciles.

-Has tenido suerte. Puedes elegir entre alfarería o una fórmula experimental para encontrar empleo a los casos desesperados.

-¿Fórmula experimental? ¿Van a inyectarme algo?

-No.

 

Pero yo quería hacer carpintería. Quería aprender a manejar con estas manos la sierra, el martillo, los clavos. Sentirme realizado construyendo sólidas estanterías de madera de roble ¡Con estas manos!

-No quedan plazas en carpintería y nadie vio nunca un roble en esta ciudad, chaval. O el experimento para descerebrados o la alfarería, tú decides.

Y miras un momento a las cincuentonas de la alfarería, que tienen ya dominado el arte de hacer jarrones y ceniceros, platos de postre y hasta botijos si hace falta. La nostalgia se te anuda al cuello, pero por una vez tienes agallas y escoges la fórmula experimental.

Yo quería trabajar maderas nobles, oler a serrín, construir una cabaña junto al río. Pero terminé encerrado en un aula en la que faltaba el oxígeno, con una profesora que me recordaba a las voces de la radio, igual de risueña, con la falsa cordialidad del que sabe que cobra demasiado por lo que hace. Las clases eran una mezcla de adoctrinamiento empresarial y psicoterapia para mongoloides, vamos, lo que viene conociéndose como una tertulia intelectual. Peinada a tazón y con chaqueta de ejecutiva, la tipa olió enseguida mi odio. Y tuvo el cuajo de decírmelo:

-Es a ti mismo a quien odias.

-No, odio a las voces de la radio.

-Te odias a ti mismo.

-Odio la comisaría, ¡vivan los muyahidines!

-Te odias a ti mismo.

-Alá es grande.

Para empezar nos puso un ejercicio complicado. Había que analizar dos folios sobre un “desencuentro empresa-cliente”, así lo llamó aquella arpía de ojos claros. Éramos un grupo de tíos en chándal y la estupidez se nos leía en el rostro. Pues ya ves, aquí tienes al que le han echado de cinco sitios por insultar al jefe o llegar mamado al tajo; otro que estuvo en la cárcel por delito de sangre y ya nadie se va a fiar de él nunca más; la panda de vagos con las suficientes neuronas como para saber que no compensa trabajar, que eso de que dignifica a las personas es un engañabobos; y yo mismo, que últimamente no me hace falta llevar puestos los cascos para oír voces. Llevo una tertulia permanente metida en la cabeza.

Una joven pareja va en coche al teatro. Quedan atascados en el tráfico y empiezan a discutir. Cuando consiguen aparcar, ya no hay tiempo para la cena romántica que tenían en mente. Se meten en el primer sitio que encuentran, con la idea de picar algo a toda prisa. Les atiende una servicial camarera que lee la carta completa, con todo detalle. Después viene el encargado de los vinos, que da muestras de sus extensos conocimientos en Pinot, en Merlot, en Cabernet. El primer plato tarda en llegar, también el segundo, y la pareja discute otra vez antes de rechazar el postre y escapar sin dejar propina. La pareja llega tarde al teatro y no quedan entradas.

Así estaba escrito, y la voz de la radio lo explicaba: “La empresa, el restaurante, ofrecía una cena pausada y cuidada. El cliente, la pareja de nuestra historia, buscaba todo lo contrario. ¿De quién ha sido la culpa?”.

Y allí que nos pusimos a dar voces, que es lo único que sabemos hacer. Al principio, gritábamos esbozos de respuesta. Después, sólo alaridos, como las bestias. ¿A quién se le ocurre juntarnos en una habitación tan pequeña? Luego carcajadas, chistes verdes, groserías. Uno que se pone a hablar de fútbol. Y la tertuliana de ojos claros asustada, pidiendo calma y sosiego. De eso no nos queda, no te quejes, ¿por qué no nos dejasteis ir al parque a ver la primavera? Veo que la cosa se desmadra, y sé que el grupo me respeta, porque les he dicho que oigo voces. Así que me pongo en pie y entono la solución a grito pelado:

-¡Busquemos un culpable que colgar de un pino!

 

Mis compañeros, sangre de mi sangre, aplauden y patalean.

-Una joven pareja va al teatro porque les han dicho que las jóvenes parejas deben ir al teatro, que está bien, que es algo bueno y recomendable aunque no te guste el teatro, aunque cueste un pico y la obra sea una mierda. Se quedan atascados junto al resto de jóvenes parejas, todos discutiendo, gritándose, descargando la energía que tendrían que haber reservado para quedarse en casa revolcándose sobre las sábanas, el sofá, el suelo de la cocina. Pero ya es tarde para eso. Se odian. Cuando consiguen aparcar se ponen a correr de un lado para otro, poseídos por todo ese estrés que luego les provocará una úlcera, un cáncer o, si hay suerte, un infarto fulminante que les lleve al lugar donde no hay ni atascos ni teatros. ¡Vírgenes! ¿Quién quiere tirarse a 72 vírgenes?

Y mis compañeros se levantan de los pupitres, piden la palabra.

-Los camareros del restaurante cobran cinco euros la hora, comparten vida con otros camareros en pisos apestosos, trabajan doce horas cada día pero les pagan sólo ocho. Seis días por semana dando el callo, coge y lleva platos, recita el menú e intenta ser amable. ¿Cómo no vas a odiar a los clientes? Ellos están cenando y tú sirviéndoles. Y llega la parejita soltando borderías. El encargado de los vinos se mosquea y les escupe sutilmente en los vasos de Pinot. Seguro que la camarera también escupe en algún plato. La joven parejita escapa sin dejar propina. Si alguien en el restaurante hubiese tenido una pistola les habría disparado a la cabeza, seguro.

La tertuliana, perdida toda su falsa cordialidad, ha escapado a la carrera dejándonos solos. En breve llegarán los de seguridad a darnos de porrazos.

-Terminan en la cola del teatro, esperando su turno sólo para que les digan que ya no quedan entradas. Una noche perdida, una vida malgastada. Y se quedan allí de pie con sus caretos de perdedores, viendo pasar a los trajes caros, viendo como a ellos sí que les venden entradas, porque las tenían reservadas o porque pagan más dinero, porque ganan diez mil, veinte mil, cincuenta mil al mes, sin exagerar. Y la parejita se sume en el desencuentro, ni se miran a la cara. Y la camarera ya no puede ni mirarse al espejo.

Nos muelen a palos y nos expulsan del curso. No habrá fórmula experimental para nosotros. Nos reubican en el curso de alfarería, donde las marujas nos tratan bien, como madres, porque saben que no somos mala gente, que servimos para algo, que no somos madera de roble porque siempre nos han tratado como al aglomerado, siempre nos han aplastado los unos contra los otros para que termináramos odiándonos, para que no pudiésemos respirar. Y el aglomerado se parte, hay veces que se rompe porque es barato, porque sólo el IKEA hace muebles con eso. Las jóvenes parejas cogen el coche y van al IKEA. Por el camino se meten en un atasco y les aparece ese poso de odio detrás de las pupilas, esa mirada del que sabe que cualquier día hará una locura, reventará la caja fuerte y cogerá rehenes. Y que venga la tele a verlo.

No hay que exagerar, no es para tanto. El rato se pasa entretenido, en narcosis, con las manos pringadas de barro. Rodeado de madres con forma de botijo, envuelto en el aliento etílico de mi compañero de pupitre, ajeno a todo gracias a las voces que se agolpan en mi cabeza. Sin cascos, sin cables, sin nada que se le parezca. Con un parpadeo sintonizo mi emisora y elimino las interferencias. Luzco una sonrisa perpetua. Sé que todos los tertulianos son idiotas. Me he comprado un Corán de bolsillo. Sé que algún día llegará la gran bomba. Sé que me convertiré en luz, tíos, en pura luz. Y para que sea el paraíso sólo hará falta que no existan los bancos. Llegaré al final de la cola y seré luz. Hasta entonces, el tiempo se me escapa con las pupilas nubladas, pensando en 72 turistas vírgenes que cruzan la Gran Vía, moldeando tacitas quebradizas para guardar la pimienta y la sal de esta vida, que somos nosotros, los que esperan su turno.

 

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